
Signos
Es decir: lo mismo pero sin aditivos políticos, ideológicos o diplomáticos.
Las imposiciones democráticas, los golpes de Estado y sus masacres latinoamericanas, el incendio vietnamita, las devastaciones de Irak, Libia o Afganistán; los genocidios de Ruanda y Gaza; las conveniencias colonialistas y sus repartos mundiales, todo tenía la cobertura de las defensas ideológicas y las convenciones multilateralistas en los incontables foros globales y regionales para la solución de las controversias entre las naciones, con la rectoría irrenunciable del Derecho Internacional como mecanismo garantista y de consenso de la justicia, la igualdad, la fraternidad y la coexistencia pacífica de los pueblos por los siglos de los siglos…
Claro que ese formalismo de pretensiones analgésicas nunca sirvió para impedir ni castigar con ejemplar suficiencia los atentados más atroces e inhumanos cometidos por unos u otros regímenes de Estado subsidiarios del poderío dirigente de sus respectivos bloques, el del mundo socialista oriental o el del mundo capitalista occidental; el de las nomenklaturas burocráticas totalitarias o el de las oligarquías democráticas determinantes de las decisiones electorales del ‘Mundo libre’.
Y cuando está visto que esos bloques se han quedado sin fundamentos ideológicos; que el poder corporativo capitalista es tan irradicable e irrenunciable como la propiedad privada y las egolatrías mayores o menores; y que todo se reduce a una rentabilidad de mercado y a estrategias de dominación cada vez más tecnológicas y algorítmicas y deshumanizadas donde las causas sociales y políticas terminan siendo irrelevantes; entonces el líder de la mayor potencia económica, militar y democrática del planeta convencido, como Discépolo, de ‘que el mundo es y será una porquería, en el quinientos diez y en el dos mil también’, decide poner por fin las cartas del ‘nuevo orden mundial’ sobre la mesa, evidenciar que en las democracias más ejemplares del ‘Mundo libre’ -como la suya- la ley y las instituciones son instrumentos al servicio de la guerra neocolonial donde el que tiene más saliva traga más pinole, y declarar a grito abierto que ya basta de internacionalismos y diplomacias baratas, que es hora de denunciar que las izquierdas y las derechas son la misma vaina de pueblos iletrados e inciviles cuya condición no pasa de gradualismos propios de unos gobernantes mejores que otros, y que todos los organismos globales y regionales de defensa de la autodeterminación de los pueblos y de los derechos universales del hombre sólo han servido para el alcahueteo de quienes los financian -como el Estado mismo de la Doctrina Monroe-, y que mejor es que todo siga siendo como siempre ha sido pero con la doctrina del Doctor Simi: lo mismo pero más barato y sin pelos en la lengua.
Y en ese vértice de claridades y de utilidades donde lo que importa a Donald Trump es ganar lo más con lo menos, lo que requiere el káiser de la Casa Blanca es garantizar gobernabilidad y seguridad en los perímetros extraterritoriales que a los intereses que representa convengan y cuyas victorias pueda sumar a su desbocado egocentrismo.
¿Para qué invadir, anexionar, destruir y tener que gastar en reconstruir si bien puede, con las amenazas y violencias selectivas mínimas del caso, como el secuestro del Presidente venezolano Nicolás Maduro, conseguir sus objetivos de negocios en naciones conflictivas e inseguras por los radicalismos ideológicos de sus grupos de poder o por la delincuencia política que favorece a la industria del crimen organizado?
Trump sabe que sus enemigos globales no son ideológicos ni defienden los derechos humanos de nadie ni pretenden la justicia social en ninguna parte. (Que esa larga mentira histórica es historia cuando bien se sabe la catadura moral de los colonialistas convertidos en los más modernos democratizadores.) Sabe que buscan lo mismo que la democracia que él representa y cuyas instituciones están para ayudar a conseguirlo, y que derechas o izquierdas gobernantes les vienen bien si tienen el control de sus países y garantizan sus intereses en un mundo tan integrado y tan restringido en sus parcelas de explotación económica donde deben reforzarse al extremo las fronteras de los territorios en disputa.
¿Qué importa en México?, pues que el grupo gobernante ayude a exterminar al crimen organizado. Washington dispone de la información y la logística para hacerlo. Los criminales mexicanos que tiene a buen recaudo y sus servicios de Inteligencia le han ayudado a dibujar el mejor mapa posible, con los focos criminales a erradicar y los personajes políticos de renombre a capturar para que Trump se vanaglorie de su nueva conquista.
¿Le importa que gobierne la derecha en lugar de la izquierda? Bien sabe que la derecha es impopular, repudiada, insignificante e incompetente, y que más le conviene ‘convencer’ a la izquierda mayoritaria de preservar su estatus de negociación con su mayor socio comercial, pactando estrategias conjuntas y profilácticas anticrimen que sean de beneficio para la seguridad de ambos países.
¿Por qué no imponer a la derecha en Venezuela y desplazar al chavismo?, pues porque el corinismo es lo mismo que la derecha mexicana e imponerlo ocasionaría una tormenta confrontacionista inútil que afectaría los intereses ‘americanos’. De modo que mejor así: el combustible venezolano fluye ahora por las estaciones de servicio de todo el país, el mercado interno mejora con el descenso consecuente en los precios de productos y servicios que también eleva el consumo popular, y esa estabilidad antiinflacionaria reduce las querellas ideológicas por la defensa de Cuba a costa de la economía propia y concilia aprobaciones entre los bandos políticos en conflicto, donde la derecha imperialista y la izquierda nacionalista (entre ellas la anticubana de Diosdado Cabello, Ministro del Interior y dirigente nacional del chavismo partidista con cuentas pendientes con un régimen castrista que influyó para que fuese el muy manipulable Maduro y no él el relevo de Hugo Chávez) no tienen más remedio que aceptar su circunstancia: la izquierda mantiene el poder liberando mercados y restricciones condicionados por el autoritarismo chavista, y la derecha asume que no tiene legitimidad ni poder para garantizar los intereses del imperialismo trumpista, al que tanto defiende como factor de libertad pero al que lo que importa no es la diatriba libertaria, que bien sabe oportunista y falaz, sino la estabilidad política y social que preserve sus propias conveniencias económicas y de seguridad nacional en dicho entorno nacional en disputa.
¿Y para qué invadir Cuba? El regimen revolucionario cubano se deroga solo. El bloqueo estadounidense se instaló desde la llegada de Fidel al poder pero fue celebrado entonces por el Comandante en Jefe como testimonio de resistencia y fortaleza ideológica -porque los subsidios soviéticos de la Guerra Fría a Cuba como enclave regional estratégico eran de sobra suficientes para sostener ese triunfalismo sin tener que acudir a un modelo económico y fiscal alternativo para el sostenimiento propio del Estado revolucionario y sus gratuidades populares- y hoy, después de más de seis décadas, es la única justificación del deterioro económico y social extremo del país porque mientras en el mundo se han transformado las condiciones de mercado, y mientras los alineamientos ideológicos han desaparecido y dado paso a las negociaciones comerciales de conveniencia en tanto ahora es más claro que nunca que los principios y valores y reglas del capital privado no dejarán de regir la vida planetaria -y cuando al neoliberalismo se aferran los Gobiernos más izquierdistas mientras los imperialistas viran hacia el proteccionismo arancelario, como el nacionalista de Trump-, Cuba sigue estacionada en el reforzamiento ideológico socialista sin capacidad de producir el mínimo grano de arroz de la dieta básica de su población, a oscuras y atenida a lo que queda de sus relaciones con sus viejos aliados del izquierdismo internacional.
Trump sabe que ese modelo está rendido y sin la mínima base social que en su momento sustentó y legó Fidel cuando hacía del bloqueo imperialista la prueba irrefutable de que hasta la estrategia más destructiva del capitalismo podía ser vencida por la razón histórica y la justicia popular del socialismo enemigo del utilitarismo y de la propiedad privada.
¿Qué requiere Trump, ante el desafecto popular ocasionado por la senectud castrista, su impericia y su resistencia obstinada a la evolución económica cifrada en la competencia capitalista y en la negación ideológica de los mercados, donde las naciones se agrupan en función de su potencial y sus conveniencias de intercambio y no de sus consignas para la justicia y el bienestar social?
¿Requiere invadir la isla e imponer un Gobierno títere que hable de democracia y libertades y en el que deba gastar toneladas de dinero reconstruyendo lo que ya estaba derruido y lo que acabó de derrumbarse con el fuego de la ocupación armada? ¿Precisa del saqueo de las riquezas cubanas, de su café, su azúcar su tabaco y sus reservas pesqueras y frutícolas?
El secretario cubano de Estado, Marco Rubio, que aspira a suceder a su actual jefe al frente de la superpotencia, ¿ambicionaría ser Presidente de un país devastado?
Acaso Trump piense más bien en una transición donde lo único que haya que remover es el estorbo decadente que suponen los ancianos castristas y sus liderazgos dirigentes más ilusos y empedernidos, de modo que dejen de representar un peligro de inestabilidad interna y para sus estándares de seguridad regional. Bastaría, quizá, negociar con alternativas de cambio que no tendrían que ofrecer más que garantías de apertura al capital y un escenario de no confrontacionismo con el ‘enemigo imperialista’, lo que pudiese obrar el levantamiento del embargo y una relación favorable al desarrollo económico, al alumbrado público, al saneamiento ambiental, al mercado interno de productos y servicios, y a un abasto y un consumo de la población como la demanda superior de la sociedad cubana y hoy día más importante que todas las prioridades de la soberanía.
Porque ni a los chinos ni a los rusos ni a ningún poder inversor le interesa hoy hacer negocios en un país cuya burocracia omnímoda y cuya dirigencia revolucionaria anciana y necia constituyen un entramado enemigo de toda iniciativa de rentabilidad privada demandante de seguridad jurídica y de garantías constitucionales e institucionales estructurales, duraderas y no sujetas a la veleidad y la sospecha ‘ideológica’ de los jefes de la Seguridad del Estado.
Pareciera más probable que a Trump le convendría una transición como la venezolana, donde sólo bastara que la nomenklatura anciana dejase el poder absoluto del Estado y no fuese un peligro para su seguridad nacional y extraterritorial en la región.
Ni Putin ni Jinping se han abierto las venas con el secuestro de Maduro ni han lamentado la pérdida de un liderazgo ideológico aclamado por su pueblo. Los chavistas siguen con su Revolución Bolivariana sin quejarse de que haya menos desabasto, carestía y sacrificios a la memoria del prócer heredero de las seculares glorias independentistas. Y los mexicanos no llorarían la captura y extradición de personalidades de la izquierda hegemónica como los Gobernadores de Sinaloa, Baja California, Tamaulipas y otros que tan bien financian con dinero negro las candidaturas exitosas del oficialismo mientras negocian con el crimen organizado el control de los sistemas de Justicia de sus Entidades, ni protestarían viendo esposados y rumbo al destino del Chapo y el Mayo a otros líderes esenciales de la regeneración moral como el jefe del Senado y otros presuntos implicados en la delincuencia política auspiciadora de la violencia y la inseguridad contra cuyos personajes y reductos principales quiere dirigir sus ataques y reducir a escombros el justiciero de la Casa Blanca y quien, como en Venezuela, prefiere contar con las fuerzas políticas dominantes en sus países, por más de izquierda que sean, si las de la derecha ni pintan ni dan color.
SM