
Signos
Derecho internacional:
- Se ataca al que se quiere y se puede.
- Al que se quiere y no se deja, no.
- El pretexto es lo de menos: los iraníes son terroristas y los palestinos y musulmanes aliados, también. Tampoco forman parte de la hermandad nuclear, única condición para la defensa efectiva de la soberanía. Quien no esté en el club, que se atenga a los delirios de Calígula.
- La única diplomacia posible es la de no asomarse a los límites del fin del mundo -para no acobardarse ante la inminencia de la orilla- ni a las buenas conciencias: las de los ilusos en extinción que creen que hay regreso posible al humanismo (cuyo deceso nos trajo hasta aquí, hasta la evolución y la frontera planetaria donde ha sido posible la unión de la inteligencia de los simios y el poder atómico de los humanoides creados para cumplir la faena terminal como principio de un nuevo mundo, en la lógica del destino cósmico y de las inevitables leyes universales que determinan que todo lo que nace tiene que morir y derivar hacia algo más en el espacio-tiempo infinito).
Muy bien.
Los grandes sabios del ahora desaparecido pensamiento crítico defendieron la utopía del destierro de la enajenación -o de la ideología, en el sentido epistemológico de la ‘falsa conciencia’ según la óptica teórica de Marx- como principio de la liberación del Ser y de su trascendencia moral, material y generacional por los siglos de los siglos.
Hoy parece que la única salvación posible ante el fracaso de la utopía y en el horizonte del ocaso y de la decadencia lo que queda es todo lo contrario: abismarse en la inmediatez de la inconciencia, el entretenimiento y el olvido del humanismo trascendente.
(Los dogmas religiosos creados por la Humanidad sobre los reinos divinos se han disputado la Creación y la pureza de las almas de los creyentes en la vida y en la muerte.
Los dogmas ideológicos de las militancias partidistas de izquierda y de derecha se han disputado el bien y el mal con que se gobiernan las naciones de la Humanidad.
El Derecho Internacional ha defendido -cual se ha querido vender- los derechos soberanos de las naciones y los pueblos por encima de todos los dogmas.
Pero ¿sirven de algo, los dogmas de la fe divina y de las militancias por el poder público?
¿Sirve de algo el Derecho Internacional?
¿Sirve de algo todo eso en el vacío absoluto del concepto y la conciencia crítica; cuando los liderazgos más decisivos del mundo reducen sus valores a simples amenazas de exterminio o de dominio incuestionable; y cuando en las naciones dependientes de esos fueros de guerra los intereses populares no son sino consignas traficables en negociaciones de conveniencia entre grupos, dirigencias políticas y truhanes invencibles de mafias electorales -como las del Partido Verde y similares mexicanas- que imponen sus particulares conveniencias y agigantan de la nada sus inocuas jerarquías en democracias inciviles y regímenes de Estado sin solidez institucional y a la deriva de la ilegitimidad, la arbitrariedad, la ingobernabilidad y la imposición alternativa de intereses fácticos, facciosos y delictivos?)
Parece que sí: que la enajenación es más virtuosa que la conciencia del porvenir, que suele ser amarga, impotente y a menudo suicida frente a la hipertransparencia de la entropía.
Porque a estas alturas del derrumbe, pensar que el mundo puede ser mejor, es cosa de estupidez, no de utopías.
Los nombres no sirven. Los hechos son los del declive interminable. El relato -siempre incierto entre la inteligencia zombi, las noticias falsas y las masividades extraviadas entre lo bufo y lo posible bajo las contiendas de quienes quieren controlar la narrativa de lo cotidiano-, el relato es el de la sucesión incontinente de los acontecimientos sin memoria.
Porque las ideas duermen en la gruta oscura de los tiempos míticos del Minotauro.
SM