El verdadero juarismo claudista

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Signos

Es tan malo y tan obstinado el argumento presidencial de la defensa soberanista contra todas las evidencias de la delincuencia política a la que parece, más bien, que en realidad sirve; tan poco juarista y tan mal sustentado en los verdaderos peligros de la vida del país -donde el crimen organizado no es el mal mayor sino el intervencionismo yanqui con que se persigue, y que lo persigue, afirma Washington a su vez, porque la delincuencia política mexicana lo protege, y lo hace con la venia misma del supremo poder de la República, brindándole una impunidad que afecta su seguridad nacional, la de los yanquis-; es tan equívoco y tan pobre el planteamiento discursivo y su posicionamiento diplomático y de respeto al derecho ajeno, que exhibe justo lo que los yanquis parecen querer que exhiba: la intención de proteger a quienes ellos advierten como el socio mayor de la delincuencia política militante de la Regeneración Nacional.

Porque en la lógica yanqui y en la de cualquiera (por supuesto que en la primera con pelos y señales: con expedientes y sobradas confesiones de testigos criminales de todas las jerarquías que han soltado y sueltan la lengua en los tribunales del Tío Sam), en una y otra lógica es obvio que si el crimen organizado hace toda suerte de negocios a la luz del día y las comunidades de su entorno padecen la cotidianidad de su asedio y su violencia, es porque la autoridad está de su lado, en una dimensión de complicidad que hace imposible que lo que una comunidad sabe y padece no lo sepa quien gobierna en ella ni el poder público de todos los estratos superiores del Estado Nacional, como bien ha sostenido el exPresidente López Obrador en el sentido de que no hay nadie que sepa más de todo y esté mejor informado de lo que ocurre en el país que el Presidente de la República.

Y en esa lógica caben dos criterios deductivos:

Si el discurso presidencial soberanista fuera auténtico y enemigo de la persecución trumpista contra la delincuencia política porque esa persecución es nada más que un vil pretexto para conseguir el fin verdadero de la ultraderecha racista y supremacista yanqui, que es el de destruir a los defensores progresistas y humanistas de la patria; si es eso, entonces el discurso y la postura de Estado que lo sostiene serían enemigos del verdadero interés superior de la soberanía que importa a la mayoría de los mexicanos y que es el de su convivencia pacífica, su seguridad y la capacidad de sus representantes populares, autoridades y Gobiernos legítimos para defender su integridad y sus derechos frente a quien más y de manera más inmediata los amenaza, que es el crimen organizado.

Si no lo fuera, en cambio, el engaño sería tan genial como patriótico y agradecible. La insistencia en la guerra demagoga y sin contenidos de valor para los patrioteros de la regeneración moral y en las desaforadas movilizaciones militantes por el país, sería la cobertura ideológica y propagandística del verdadero propósito: acabar con el obradorismo delictivo y con la inseguridad que prodiga sin que se advierta en lo más mínimo, colaborando a fondo y con lo mejor de los recursos del sistema de seguridad de México, al lado de los perseguidores yanquis del crimen organizado y de la delincuencia política que lo ampara, en defensa de la seguridad nacional de ambos países.

¿A qué extremos de decadencia o de renacimiento políticos hemos llegado, José Arcadio, Zavalita? ¿Cuál país, Virgilio, el de lo peor de lo vivido o el del mejor destino de todos los tiempos?

SM

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