Tres referentes fatales de la izquierda en el poder

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Signos

Uno

Sí, Andy López Beltrán tiene la fuerza representativa de ser hijo de quien es (y ahora ha sido despojado de su visa estadounidense). Su herencia familiar es su capital. Y se sabe de sobra que a lo único que ha contribuido en relación con ella es a desacreditarla: que sus influencias desde el apellido han garantizado vastos negocios ilegales (sobre todo vinculados al inmenso contrabando de combustibles y al suministro de medicamentos a Gobiernos estatales de su partido dominados por la corrupción, como los de Sinaloa y Quintana Roo, donde ha operado su socio y amigo Amílcar Olán, ahora escondido en Suiza, entre tantas otras operaciones de influencia y corrupción desplegadas en los ámbitos y aparatos institucionales más rentables del Estado Nacional), lo mismo que sonoros fracasos como gestor promocional y electoral del partido de su papá, igual en Durango que en Coahuila que en Veracruz. Dirían en el rancho, ‘es un perfecto bueno p’a nada’, y sólo sirve de blanco inequívoco e inconfundible de todas las flechas políticas y mediáticas, de las más ciertas y objetivas y documentadas a las más ladinas y perversas e interesadas y envenenadas, con que se quiera debilitar a ese partido y a esa causa por el poder del Estado fundados por su papá, y creados justamente con el argumento de propaganda de todo lo contrario que encarna la imagen y los negocios y los patéticos disparates de Andy -y de la Presidenta y de la dirigencia y los gobernantes y liderazgos de su partido que lo defienden en calidad de uno de los héroes de la defensa soberana del país- contra el imperialismo injerencista yanqui y contra Donald Trump: es decir, el argumento insano de la regeneración moral, que lo mismo es escudo de depredadores como huchicoleros y Gobernadores financiados por ellos y demás amigos del crimen organizado, que con el que ahora se protege a Andy, elevado a los mitos patrios de Juan Escutia y el Niño Artillero.

Dos

Y así, la flamante Consejera Jurídica presidencial y exPresidenta del partido presidencial y de la regeneración moral, que también fue responsable obradorista de la política interior, Luisa María Alcalde, un día enlista a los enemigos mediáticos y políticos más críticos de su Gobierno y su partido y sus líderes en el país, y más influyentes y abominados por el oficialismo -en una guerra de polarizaciones donde las verdades y las mentiras mutuas y los rencores y los intereses y las mediocridades hacen desaparecer las excepciones más razonables y objetivas de los contenidos que inundan la opinión pública-, y los señala con nombres y apellidos, como artífices esenciales de las campañas de calumnias y ataques mediáticos más peligrosos y devastadores, en la historia del país, contra la imagen de la Presidenta y del grupo político dominante, y, al día siguiente, y en contra de lo que medio mundo vio y oyó lo que dijo de viva voz y denunciando que un ‘ecosistema digital’ de divulgación masiva nacional e internacional expandía lo que los comunicadores y demás personajes influyentes de la política señalados por ella emitían en contra de los suyos, los de la Consejera Jurídica, reviraba, tras la infinidad de acusaciones de que su Presidenta y su régimen hacían listas represivas de sus críticos al estilo de los más rancios ejemplos autocráticos, y negaba lo innegable y se hundía en el pantano del ridículo alegando que no, que los ejércitos digitales del ‘ecosistema’ -trolls, boots y promotores robóticos del odio y la mentira- no reproducían tal cual lo dicho por los enlistados y evidenciados como enemigos del régimen y su partido, y que tampoco habían sido señalados por ella como los autores de las campañas contra el poder, sino que ‘sólo’ eran las fuentes esenciales de donde los intermediarios de las redes sociales tomaban el veneno editorial, que a su vez adulteraban, aunque por cuenta propia, y que se convertía en pólvora y detonante que estallaba en la estridencia universal de las redes del ecosistema anticlaudista y antiobradorista y antimorenista que, ahora, en la versión del arrepentimiento de la Consejera presidencial -que mientras tanto ya puso en el aparador a sus mayores enemigos y voceros de la ultraderecha y aliados del imperialismo yanqui y el trumpismo antiAndy- ya no pertenecían a una mafia promotora de la integrada y pandémica telaraña antiobradorista cuya autoría industrial habría que seguir investigando, dijo, sino que eran sólo instrumentos involuntarios utilizados por esa temible y anónima organización criminal.

Tres

Y la Presidenta dice que se debe corregir la toponimia nacional, como la del insultante nombre de Paso de Cortés, para glorificar a los pueblos indígenas y condenar la canalla de los conquistadores españoles, culpables de Calderón y de todas las injusticias cometidas y nunca superadas en el actual territorio mexicano durante más de quinientos años. No importa si unos pueblos indígenas fueron enemigos de otros y aliados de los conquistadores para acabar con las injusticias que los dominadores prehispánicos les imponían. No importa si en todos los pueblos indígenas, como en la historia de todos los pueblos de la Tierra y desde el principio de los tiempos, ha habido tiranos y vasallos y corruptos, como lo niega el padre fundador del partido izquierdista de la regeneración moral en su libro-evangelio de la fe originaria renacida titulado “Grandeza”. No importa la cultura mestiza, buena o mala e irrevocable. No importa que unos pueblos aborígenes estén en la misma injusta circunstancia de tantos otros por culpa de la corrupción, la incivilidad y la pobreza educativa propias de la democracia fallida de ahora y de las oligarquías gobernantes y la mala suerte de todos los tiempos. Lo que queda claro es la ignorancia histórica y el reduccionismo pedagógico del grupo en el poder presidencial de hoy día, y la demagogia, la impostura y la propaganda ideológica propias de la perversa condición moral de las facciones que se disputan el poder político en nombre de la dignidad y los derechos de todos a los que unos y otros llaman el Pueblo, el suyo, convertido en la abstracción de sus discursos. Y claro, la decadencia es obra de las perfidias del poder del Estado, donde las excepciones virtuosas terminan a merced de la generalidad de los peores, pero donde los pregoneros de la salvación progresista de la salvación moral quedan, al cabo, más expuestos en los aparadores de la Historia que los militantes naturales de la corrupción, por sus excesos retóricos de dignatarios de la pureza e inquisidores contra los herejes enemigos de la regeneración moral. Aunque no, no hay tiranía en ellos, es cierto, ni pretensiones de condicionamientos absolutistas desde el Estado, como acusan sus enemigos y sus críticos y como ocurre entre modelos históricos en lucha. Lo que hay es un sentido pueril y emocional y espontaneísta del ejercicio del poder; un izquierdismo universitario -como el que ha relevado a la izquierda del obradorismo expriista en el despacho presidencial, en sus inmediaciones y en la cúpula de su partido- que no ha evolucionado a una dirigencia nacional de alto nivel político y con sentido de Estado, y que sigue haciendo del panfleto y la consigna un discurso tan crucial y fundamentalista y anacrónico como ajeno a las complejidades del país y de sus relaciones globales. Porque se puede ser muy científico y muy apto y calificado en materias propias de la gestión técnica y administrativa (y, de hecho, el país mantiene buenos resultados en aspectos como el inflacionario y el mercado energético que son esenciales para el consumo básico y la economía popular, y que valieran más para la propaganda convincente, como insumos reales, que los pleitos perdidos, de manera inevitable, con el pasado). Pero el ejercicio diplomático y la negociación multilateral y el trato y la concertación entre las diferencias y para las soluciones estratégicas en la diversidad política están muy lejos del simplismo interpretativo y las nociones conceptuales y semánticas de la justicia con propósitos de divulgación ideológica y de propaganda. Y, peor, si no se entiende que la popularidad y los índices de aceptación que se presumen no derivan del capital y el liderazgo propios, sino de los heredados; como los de Andy, que al tiempo que derrocha todo el potencial del nombre recibe el gran respaldo de sus iguales en el poder, sin asimilar jamás que ese poder derivó de un ejercicio carismático y personalizado de la política social o de la izquierda procedente del viejo sistema institucional dominante y no de la marxista-leninista doctrinaria, y que habría de diluirse y autoderogarse si en lugar, también, de institucionalizarse, se atiene sólo a lo que va quedando de la fuerza carismática del Maximato fundacional. Porque, por esa ruta, las militancias generacionales venideras harán a un lado el sentido de la propaganda obradorista de la regeneración moral, y los nuevos y empeorados Andys o buenos p’a nada y sus causas soberanas harán la nueva izquierda nacional. Y la mantendrán en el poder mientras se mantengan los recursos constitucionalizados del Banco del Bienestar, ese genial e incomparable invento socioelectoral, también de herencias tricolores, de López Obrador.

SM

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