
Signos
Dice el afamado periodista enemigo de la llamada ‘Cuarta transformación’, Carlos Loret de Mola, que la Presidenta Sheinbaum parece dos: la que acusa hasta la obstinación el injerencismo estadounidense y la que coopera con los estadounidenses con mejores resultados que ningún otro Gobierno mexicano en la lucha contra el crimen organizado.
Pero, de ser así, qué bueno, ¿no?
Querría decir que entiende bien que debe preservar la marca o la identidad o la herencia obradorista como garantía de popularidad y aceptación entre las mayorías electoras congregadas en torno suyo gracias al carisma fundacional de su mentor, con el que sería un suicidio romper, y peor en estas vísperas electorales. Y que, junto a eso, debe fortalecer la sociedad estratégica de intereses, comerciales y de seguridad, con Estados Unidos, en unas condiciones tan difíciles e inéditas como las impuestas por Donald Trump.
Significaría que, por un lado, debe operar con el discurso soberanista que afecta sus relaciones con Washington aunque tenga que amparar a un sector privilegiado de la delincuencia política obradorista. Y que, por el otro, debe mantener la estrategia bilateral en favor del comercio y la seguridad, donde se favorezca lo mismo el combate al ‘narco’ que al proteccionismo arancelario.
Si es así, no estaría mal.
Sería saber remar en aguas críticas, en medio de dos fuerzas tan poderosas y enemigas como inevitables: Trump y López Obrador.
Porque llegaste y estás donde estás gracias a la influencia social y electoral de Andrés Manuel y sus milagros presupuestarios del Bienestar, y no tienes más remedio que hacerle grandes concesiones, por difíciles que sean, y por peligrosas que acaso y antes de estar en el supremo poder del Estado Nacional no sabías que eran y de las que de un modo u otro te volviste cómplice. Por decir…
Y de manera simultánea debes responder al imperativo de la seguridad nacional de tu vecino y principal socio económico en una etapa de superior egolatría imperialista suya pero también de mayor oportunidad para combatir y erradicar en tu país el mayor de sus males, el del crimen organizado y la inseguridad, del que son culpables, por la impunidad que brindan o han brindado a sus grupos y a sus jefes, algunos de los más visibles delincuentes políticos de tu partido, y de cuyas alianzas criminales han salido candidatos y financiamientos electorales que en buena medida han contribuido a mantener la hegemonía de ese tu partido presidencial, tan promotor de la propaganda absurda de la regeneración moral.
Y en tal encrucijada histórica se define, acaso, la causa claudista.
Si lo hace bien, saldría bien librada de la aparente bipolaridad de su circunstancia y podría emerger de ella con un izquierdismo bastante poco ortodoxo pero con un liderazgo propio y más efectivo en una nación más segura y menos criminalizada e impune.
Tal vez fuera lo deseable, en términos pragmáticos y heterodoxos y plurales. Más allá o más acá de lecturas militantes y confrontaciones ideológicas y querellas políticas y de poder.
Porque ahora mismo las ponderaciones y homenajes recibidos de las agencias anticrimen estadounidenses por el jefe del sistema de Seguridad de México, el bastante poco obradorista Omar García Harfuch, a propósito de los celebrados éxitos mutuos de la colaboración binacional antinarco, contrastan, en efecto, con la enjundia antiinjerencista y antiyanqui de la Presidenta estimulada tras la cancelación de la visa ‘americana’ a Andy, el hijo de AMLO, y a otros tantos influyentes morenistas similares ubicados en Estados Unidos como posibles malhechores y santificados en México por su partido presidencial como defensores del Pueblo y de la Patria.
Más que de simulación, se trataría de conveniencia estratégica y de un signo entendible y tolerado del lado norte de la frontera, si bien condenado en un sector del formalismo diplomático, el perteneciente a la llamada ultraderecha, hoy en campaña.
Se trataría de un verdadero estilo claudista soberano y personal de gobernar, diría Cossío Villegas.
Digo, yo, nomás digo, diría, a su vez, el buen Armando Ramírez siguiéndole la rumba al vocero de Latinus, quien, al parecer y en lugar de ataque -al hablar de Claudia, entre Trump y López Obrador, o de las dos Claudias, la ultranacionalista y la reina antinarco aplaudida a través de Harfuch- más perfilaría, después de todo, en segunda lectura, una convergencia o una síntesis de dos posiciones necesarias aunque pudieran parecerle encontradas o excluyentes o confusas y más bien contradictorias y desorientadas.
De modo que más que un juicio en contra, si así fuera, la otra cara de la moneda revelaría una estrategia alternativa en medio de la borrasca y de los poderosos fuegos enemigos.
El recurso soberanista permitiría a Claudia negociar los límites de la persecución yanqui anticrimen respecto del entorno delictivo morenista y del propio anillo de seguridad de Andrés Manuel, mientras -en tal perímetro de contención injerencista y de temor obradorista- se deslinda y se deshace de influencias y cargas nocivas -Adán Augusto, etcétera- para su proyecto propio. Y en el entretanto y al tiempo que contiene al crimen organizado (sus influencias políticas, su violencia y la inseguridad), preserva la fuerza del obradorismo en el tránsito a su propia y legítima autoridad.
¿Será? ¿Cabrían esos niveles científicos de sabiduría y sensibilidad?
¿Idealismo? ¿Vana utopía? ¿Ocioso alucine veraniego con cargo a las rotundas y novedosas exposiciones analíticas de Loret?
Pos qué tanto es tantito, añadiría el tepiteño de “Chin chin el teporocho”.
SM