Ebrard, Dante, Mara, Pech y el futuro sin Andrés Manuel

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Signos

Por Salvador Montenegro

El partido Movimiento de Regeneración Nacional, Morena, se pulveriza en su guerra facciosa. Y sin Andrés Manuel en el 24 apestará a cascarón de huevo podrido, a lo que ya empieza a oler.

El naranja habría de ser el color de la tierra prometida de los nuevos peregrinos de tan fétida diáspora. Sería el ‘centro progresista’ restaurador, en la democracia a la mexicana, de los sabios equilibrios militantes del viejo PRI.

(Porque, además, la política y la idiosincrasia mexicanas tienen los fértiles e inmutables genes del PRI. Y, de ideología, ni hablar: ese fantasma escurridizo sólo aparece en la vana oscuridad de las palabras.)

Ebrard sólo sería candidato presidencial obradorista si en la definición final Andrés Manuel entiende que, de no serlo, puede poner en aprietos el futuro de su pretendido neoMaximato y su propia tranquilidad en “La Chingada”, sumando a todos sus adversarios contra la debilidad futura de la hoy jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, que es nadie sin Andrés Manuel, y que acaso no resistiese una revocación de mandato frente a la unidad de las jaurías adversarias convocadas por Ebrard… desde Movimiento Ciudadano, y muy probablemente con la suma del invencible oportunismo verde.

Dante Delgado y Jorge Emilio González, el Niño Verde, son los dueños partidistas más hábiles y ganadores después de Andrés Manuel, y, sin Andrés Manuel de contendiente, bien pueden encontrarse y sumarse en la causa del liderazgo más exitoso y con mejor perfil político propio para disputar la sucesión presidencial, es decir: el del ahora Canciller.

Donaldito Colosio, exitoso heredero de la tragedia de su nombre, bien puede seguir aprendiendo como el alcalde de Monterrey que puede ser reelegido y proyectado luego a estadios representativos federales. No deja de ser, por ahora, una buena carta de negociación de Dante -como lo fue el empresario y actor Roberto Palazuelos en la elección pasada para gobernador de Quintana Roo-, que bien podría congregar fuerzas e intereses del mayor potencial de poder en todos los ámbitos del Estado nacional hacia los procesos políticos venideros.

Y en Quintana Roo vienen, en ese entorno, las definiciones.

La gobernadora electa, Mara Lezama, por ejemplo, depende también, como la Sheibaum, del fulgor obradorista que habrá de extinguirse en el próximo retiro del ahora invicto patriarca.

Acaso su destino sea el mismo del triunfalismo efímero del gobernador Carlos Joaquín, cuyo oposicionismo victorioso nada tuvo que ver, y su legado menos, con una trayectoria de reconocidos y ejemplares méritos propios.

Ninguno de los gobernantes y representantes populares emanados del morenismo lo son, o lo serán en breve, sin el dedo presidencial que los ha nominado. Y por eso cuando ese dedo se vaya se hará el caos, la dispersión mayor de la violencia, y el vacío de poder que ocuparán los liderazgos emergentes y al acecho, ajenos a la luz de la fortuna que les ha sido prestada a sus rivales, para entonces huérfanos ya y a la deriva de su precario albedrío.

La guerra sectaria apresura la descomposición del partido presidencial.

Las elecciones distritales que vienen -y donde ni siquiera un padrón confiable de militantes existe, porque el corral está abarrotado de mercenarios y arribistas- podrían preludiar la explosión final del ‘morado’ que tanto festinarían algunos como Dante, el Niño Verde, Ricardo Monreal y el propio Ebrard (quien ahora mismo está en campaña negociando a su modo -los del diplomático en que fue convertido- adhesiones morenistas para su causa rumbo al fatídico congreso de su partido, y adhesiones de gobernadores en funciones y electos de su partido que pudieran financiar y favorecer su causa por la sucesión presidencial del obradorismo, y todo tipo de otras adhesiones multicolores por si se convirtiese -como todo indica que pudiera ser- en el principal candidato presidencial opositor contra la candidata preferida de su actual jefe, y cuyo color partidista insignia pudiera ser el del llamado ‘Movimiento naranja’, cuyo líder quintanarroense más visible es su excandidato a gobernador, el senador José Luis Pech, con quien el Canciller se ha reunido en días pasados en Cancún).

La unidad del partido Movimiento de Regeneración Nacional y sus proclamas evangélicas por una nueva o ‘cuarta transformación’ del país, están en curso de volar en pedazos. Su cumbre próxima para la renovación de dirigencias locales y nacionales está anunciando, desde las vísperas, que el mayor beneficiario que puede emerger de esos escombros serían Dante y su Movimiento Ciudadano.

¿Qué papel jugaría el senador y excandidato a gobernador José Luis Pech ahora?

Es obvio que él no arrasó en las urnas, como su excorreligionaria Lezama, porque el único que arrasó en las urnas de junio en el país fue Andrés Manuel a través de sus elegidos a dedo, y en Quintana Roo la preferida fue ella y no el senador, antes morenista, que de otro modo hubiera ganado igualmente por paliza.

Seguidora de las enseñanzas de legitimación de la investidura y de moralización y saneamiento de las instituciones, como afirma, y con el poder de una mayoría absoluta de su lado en la próxima Legislatura local, ¿Mara Lezama optaría por promover una reforma constitucional de revocación de mandato en el Estado, por ejemplo, similar a la impulsada por su jefe máximo y obligatoria para los próximos titulares del Ejecutivo Federal? ¿Estaría segura de su popularidad y de la aceptación mayoritaria de sus decisiones, dos años después de su ejercicio en el Gobierno? ¿Lo harían, asimismo, los demás gobernadores morenistas llegados al poder con la fuerza milagrosa y contagiosa del obradorismo, pero ya sin el amparo de la tilma macuspánica?

Diría mi amigo, el Valedor: conjetura, que algo queda…

SM

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