El tamaño de la cola presidencial (y el color del cristal con que se pisa)

Signos

Por Salvador Montenegro

Si Andrés Manuel pierde el alegato del conflicto de intereses del que se le acusa en relación con su hijo José Ramón López Beltrán y la empresa a la que este acredita sus ingresos como abogado en los Estados Unidos, habrá perdido bastante más que una batalla propia de sus múltiples escándalos mediáticos con sus enemigos de lo que él llama ‘la mafia del poder’: Habrá perdido -en la conciencia crítica y de la duda razonable- el sostén político, ideológico y moral de la causa popular que lo llevó a la jefatura del Estado nacional y que ha mantenido en él la legitimidad de su liderazgo y de su fuerza representativa.

Más allá de la naturaleza acreditable o no de los ingresos en Estados Unidos de su hijo como abogado de la empresa Key Partners, propiedad de los hijos, a su vez, de Daniel Chávez Morán -amigo de Andrés Manuel y dueño del Grupo Vidanta-, y de que la empresa del amigo presidencial no cobre ‘ni un solo peso’ por la asesoría que brinda al despliegue de proyectos capitales para la administración federal -Tren Maya, Corredor Interoceánico y otros de la más alta inversión-, es evidente que el solo vínculo y el conocimiento privilegiado y su participación directa en el desarrollo de tales proyectos inversores hacen de Chávez y Vidanta beneficiarios de los mismos en tanto potenciales interesados en las alternativas complementarias que pueden ofrecer dichos proyectos a su también voluminoso capital corporativo.

Eso, en efecto, podría ser una falta menor, en el orden comparativo de los vastos intereses y patrimonios públicos que debe defender el jefe de la nación, pero entraña un grave error político consignando la vasta dimensión de su reiterativo discurso moralizador y su perpetua campaña anticorrupción, y los enormes poderes oligárquicos y opositores a los que señala -con la más sobrada y objetiva y probada razón, en efecto- como los más grandes usufructuarios y depredadores de los recursos del Estado mexicano de todos los tiempos, y de los cuales ha sido y es empleado y vocero el periodista Carlos Loret de Mola (a quien Andrés Manuel -con su enorme poder presidencial de divulgación- tanto ha victimizado y convertido en su peor enemigo y en el de su liderazgo por la regeneración de la vida pública del país, y en un -para muchos seguidores de ese cuento y sus gestores- combativo defensor de las libertades de prensa y de expresión frente a los abusos y la demagogia de falso redentor de los que, Loret y su grupo de poder, acusan, a su vez, al Presidente acusador de las mentiras de Loret y de su opositor grupo de poder).

Porque es cierto que los abusos presidenciales pueden ser apenas insignificantes contra los de la gran oligarquía enemiga que ha desmantelado -como la de la privatización salinista y del neoliberalismo heredero- los patrimonios nacionales cual ninguna otra en pueblo alguno del mundo entero. Pero si el Presidente se empecina en combatir la corrupción más con el discurso y la propaganda -y a toda hora y como un credo impenitente- que con los hechos y con el ejercicio real de un régimen de persecución de los delincuentes más eficaz y justo que palabrero; y si renuncia a la mínima autocrítica y a la aceptación de imperfecciones y errores desde la certeza de que todo en sí mismo y en su ámbito de responsabilidades es irreprochable e intachable e inmaculado y puro, y el radicalismo y lo absoluto niegan toda relatividad y falibilidad posibles; y si el enemigo al que enfrenta y al que ataca en todo momento y al que culpa de todos los males del país, es tan fuerte y de medios tan decisivos para defender sus intereses de las embestidas presidenciales como las más peligrosas de cuantas pueden destruirlo; si tal es el entorno del Presidente y su circunstancia, y la pureza moral y la perfección que dice defender de sus iniciativas y sus obras son tan falaces como poderosos y destructivos son el odio y el afán de sus adversarios en su contra, es natural que por corta que sea la cola que se le pueda pisar, será tan grande en las guerras mediáticas como se le exhiba a la luz de las mentiras de la perfección y la pureza con que será imposible encarar la lógica de lo contrario.

Dice el dicho que ‘el pez por su boca muere’.

No se trata del tamaño de la culpa o del conflicto de intereses, que pueden ser tan poca cosa comparados con los de los adversarios que ejercieron el poder presidencial en el pasado, y contra cuya enorme y rapaz inmoralidad se ha levantado la causa del Movimiento de Regeneración Nacional y la popularidad del nuevo jefe republicano, sino de la necedad de este de no querer verse en el espejo y no dejar de defender absolutos propios tan impecables como inexistentes.

Perseverar en que no existe un conflicto de intereses con Vidanta y de que todo es perfecto e infalible en el mandato, es lo mismo que insistir en garantizar la plena pulcritud de la regeneración moral chapaleando en el lodo con las candidaturas y la sociedad de conveniencias de la alianza del partido del Presidente y el del Niño Verde.

La cola presidencial por pisar puede ser corta. Pero pretender esconderla en las invocaciones al pueblo ‘que nunca se equivoca’ y entre las patas de la inmaculada moral, la hace tan larga o más que la de quienes, en defensa propia, se la encuentran finalmente al puritanísimo enemigo y la exhiben con toda la potencia de sus poderosos medios privados (los que, sin embargo y por el colosal descrédito de ellos mismos y la cleptocrática historia de sus sectores políticos y empresariales representativos y asociados, son menos populares e influyentes hoy día que los foros mediáticos presidenciales, donde la idolatría partidaria sigue haciendo de las verdades de Palacio Nacional, las únicas creíbles para los sectores mayoritarios).

Si a la luz de sus intereses con Vidanta y de su sociedad del crimen con el Niño Verde, el Presidente insiste en que el suyo y los de los suyos son mandatos populares impecables e incorruptibles -y mientras medio país sigue naufragando en la violencia del narcoterror y el sistema educativo sigue a merced de las mafias magisteriales de siempre-, su imagen podrá seguir siendo popular a la vista del enajenado elector masivo. Pero su contenido terminará a la postre como los árboles yertos: de pie, pero sin sabia, sin sombra y sin vida.

Porque tarde o temprano, la redundancia de la prédica moral termina desgranando su valor en la contradicción de los intereses reales del poder político.

Las transformaciones éticas en la política, y sobre todo en México, no son solubles en el discurso -que las reduce a polvo de demagogia o de milagrería fanática-, sino en la discreción y en el rigor de los hechos.

El ‘Yo moral’, reciclado como bandera ideológica y carne de propaganda, se deslava, se reseca, y termina enseñando al cabo las grietas -mayores o menores- propias de la imperfección humana, por donde se filtra el veneno de la insidia carroñera de los enemigos del poder en disputa, y que exhiben los pecados y defectos, por menores que sean o puedan ser, según las capacidades de divulgación de que dispongan, y en la medida de la influencia masiva que puedan tener.

Y, entonces, del mismo modo que las explosivas cargas presidenciales contra sus adversarios, expandidas con el gran poder de esos recursos presidenciales, las del enemigo tienen su propia gran resonancia, tanto por su enorme potencial económico y mediático, como por la pólvora de la contradicción que las provee desde las banderas tan desplegadas del moralismo vociferante y los hechos encontrados y agigantados -porque el impacto y el alcance de la propaganda es lo que cuenta- de la verdad que los desmiente.

Y esa es la trampa mayor de las guerras morales de todo predicador y purificador de almas.

No podría ser fácil, como en el caso, cargar conflictos de intereses como el de Vidanta y desmesuras delictivas como las de la sociedad presidencial con el Niño Verde.

Se tienen que pagar, de manera inevitable, ese tipo de facturas éticas y políticas.

SM

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