Marín y las fichas caídas del tablero presidencial

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Signos

Por Salvador Montenegro

Andrés Manuel anda con el mundo y el humor revueltos desde hace meses.

Lo de Nieto, Scherer, Ovalle, Gertz, Loret, los trenes, el Mencho, los reporteros muertos y los gringos lo traen bastante contrariado y un tanto cuanto desenfocado.

Sus reformas estratégicas -la eléctrica en el principio- dependen de alianzas políticas y parlamentarias que manchan y desgarran su liderazgo.

La comunidad de intereses presidenciales con el Niño Verde ha significado una patada en el avispero de las inconformidades.

La unidad y el control total de su mandato se le van de las manos. Y la popularidad en que sustenta su proyecto de nación -la denominada ‘4T’- desciende, según las encuestas no oficiales, algo que para él es vital y lo descoloca, al grado de meterse también en esa otra trinchera de la opinión pública.

Podría decirse que su liderazgo y su Gobierno pasan por los más agrios y desfavorables momentos.

¿Y, Rafael Marín, que de pronto ha sido desmontado del Corredor Interoceánico de Tehuantepec, uno de los grandes afanes inversores del régimen de la Regeneración Nacional? ¿Se metió en la camisa de once varas de objetar la imposición de la alcaldesa cancunense Mara Lezama como candidata al Gobierno de Quintana Roo y está pagando el coste? ¿Acaso el pasado accidente ferroviario en el Istmo sirviera de pretexto para ajustarle las cuentas?…

Quién sabe…

Marín y Andrés Manuel se conocen de hace más de medio siglo.

Es cierto que la pericia y la capacidad de gestión no son atributos de algunos de los mejores y más confiables amigos y fieles seguidores del Presidente en sectores estratégicos del Gobierno.

Pablo Gómez, el nuevo jefe de la Inteligencia Financiera, tiene sobradas cualidades políticas, por ejemplo, pero ninguna experiencia administrativa.

La secretaria de Educación, Delfina Gómez, es un costal de despropósitos en el que debiera ser el sector primario del cambio estructural del país (entre otros: se han cerrado ya las pocas escuelas de tiempo completo cuando apenas se iniciaba su recorrido como alternativa para vigorizar la enseñanza básica con un mayor y mejor tiempo entre alumnos y maestros).

Y menos tiene estatura de Estado la sucesora de Julio Scherer Ibarra en la Consejería Jurídica de la Presidencia, María Estela Ríos.

De Gertz, ni hablar. Es un estorbo para dos cosas: para procurar justicia y para simular que se hace. Pero Gertz es un estorbo con fuero y eso es una piedra en el zapato casi inamovible.

En tal contexto, no hay expedientes de la trayectoria de Marín en la administración pública federal, aunque su caso podría no ser distinto al de otros relevados o en ejercicio, pero del mismo modo de limitada capacidad en el servicio público de primer nivel.

El Presidente no tiene cuadros de alto perfil con quien contar.

(Acaba de ser destituido, también, por un cúmulo desorbitado de delitos e irregularidades de su responsabilidad, el vetusto octogenario Ignacio Ovalle -del circulo privilegiado, en sus días de poder, de los repudiados expresidentes Echeverría y López Portillo, y cómplice de los negocios delictivos de Raúl Salinas de Gortari en las empresas estatales para el abasto popular que terminó desmantelando la extrema privatización neoliberal obrada por su hermano Carlos Salinas en favor de sus familias favoritas de la oligarquía-, jefe alguna vez de Andrés Manuel y nombrado por este, apenas llegado a la Presidencia, al frente de la empresa estatal Seguridad Alimentaria Mexicana, decisiva en la política social y que tendrá un papel clientelar determinante en el proceso sucesorio del veinticuatro.)

Lo cierto es que, cual jefe máximo, a Andrés Manuel le importan más las conveniencias políticas de las lealtades, que las lealtades afectivas en sí mismas si se tornan políticamente inconvenientes y prescindibles.

(A fin de cuentas los amigos y los fieles pillados en la trampas del abuso de poder y puestos de patitas en la calle, son los mejores trofeos del régimen de la anticorrupción y la regeneración moral: no hay piedad ni tolerancia para las fallas de nadie, ‘pues ni que fueran hijos de uno’.)

Y lo mismo encumbra AMLO a uno de sus incondicionales a la posición más destacada, que a la menor afectación lo derrumba para siempre de su interés político, y lo exhibe y lo estigmatiza y lo expulsa del círculo de sus afectos.

Es muy temperamental y reactivo para la causa del poder, y muy insensible y frío frente al destino ulterior de sus amigos y aliados caídos, que ya son legión en la Siberia del olvido, la frustración, el desencanto y, a menudo, la impotencia y el rencor.

A medio camino –cuando la cuesta arriba es más ardua y se exigen renovadas energías y arrestos- y atrapado entre innegables conflictos de interés y de popularidad, Andrés Manuel está siendo más presa de sus emociones que de su instinto y su cálculo político.

No cuenta con liderazgos fiables, reconocidos y eficaces para gestionar los frentes más críticos de su proyecto. Los más experimentados y competentes y hábiles de su entorno, Ebrard y Monreal -más allá del titular de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O, que no puede librarse de los ecos y las zozobras de su antecesor Antonio Herrera, despedido sin explicaciones en el camino del engaño hacia el Banco de México, pero quien no cuenta con piso aparte más allá del técnico y en el sector financiero- tienen proyecto político y equipo propios. (Porque más que gobernar la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum es gobernada desde Palacio Nacional. Y el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, es sólo un doble del patriarca.)

Y es la hora más crítica y decisiva de su trayecto. Y está perdiendo aliento y serenidad -de la que de por sí tiene muy poca-.

Y en el poder, mientras más se avanza, más flancos se abren y más capacidad de resistencia adquiere el enemigo. Le está pasando a Putin (a dos décadas de lo que fuera un impecable y en apariencia invencible mandato, como muy pocos en la Historia). Le está pasando a Andrés Manuel (a tres años de andar sin el menor peligro).

Y ahora mismo, las candidaturas ganadoras de su partido y en su nombre son, todas, un perfecto desastre de pérfidos intereses defendidos por cúpulas y grupos negociadores de la misma pésima reputación, y han causado enormes desencuentros y divisionismos militantes en las entidades, con la consecuente merma del liderazgo presidencial (cuya popularidad, defendida en el contagio de la fe y en el milagro de la regeneración moral, es el aval electoral de todas).

Ahora tocará ver cuántas y cuáles de esas candidaturas son exitosas. Y en esa medida, y en la del grado inevitable de progresiva descomposición del partido presidencial, podrá dimensionarse el saldo de la fuerza de ese partido y de la trascendencia de la ‘Cuarta transformación’.

SM

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