
Signos
Donde los electorados son de precaria civilidad y sus liderazgos políticos de similar legitimidad representativa, como ha sido la historia de los pueblos latinoamericanos -siempre víctimas de la insolvencia educativa y democrática, y a merced de oligarquías, dictaduras y fallidas eventualidades carismáticas y populistas, de izquierda y de derecha, lo mismo que de regímenes de elección popular siempre acotados por la influencia de los grupos de poder o más proclives al sometimiento del orden constitucional y a la imposición de decisiones fácticas y de control autoritario del Estado-, en esos entornos no pueden ser novedad sucesos irregulares o traumáticos de relevo presidencial como el venezolano, más allá de los métodos criminales y las justificaciones formales con que se realicen.
Y no, no sorprendería, aunque eso pueda no ser concluyente por ahora, que contra Nicolás Maduro se hubiese fraguado una conspiración ‘chavista’ que favoreciera su captura. Y acaso tampoco deba descartarse la versión de que no se quiso confrontar el ataque del secuestro del Presidente y su esposa para evitar una escalada invasora de dimensiones catastróficas, dado el vasto arsenal desplegado por la superpotencia y el amenazante plan de ataque mostrado al mundo sólo en lo observado frente a las costas venezolanas y en las intenciones advertidas por el jefe de la Casa Blanca.
Lo cierto es que el curso de los acontecimientos -y de los discursos- indica que lo que no ha ocurrido es una fractura en el chavismo -o por lo menos no del todo visible y decisiva aún- y que la conveniencia invasora tiene por mejor garantía negociar con sus dirigentes que con sus opositores, entre quienes no identifica posibilidad alguna de control del país.
Y eso descubre una muy ilustrativa paradoja: ¿No era ese, el de Corina Machado y Edmundo González, el grupo democrático cuya popularidad y legitimidad aseguró haber ganado al ‘chavismo usurpador’ en las pasadas elecciones, como tanto ha denunciado, y por cuyo mérito y sinigual proyanquismo garantizaría, por tanto, la estabilidad venezolana, la libertad y los intereses del patrimonialismo imperial ‘americano’?
Si tan democrático y tan representativo de su pueblo y tan aliado de la Doctrina Monroe y el expansionismo de los Polk o los Wilson o los Teddy Roosevelt era, ¿por qué Donald Trump, sin pudor ninguno y con meridiana claridad anexionista y hitleriana, ha optado majaderamente por hacerlo a un lado, con todo y su Premio Nobel de la Paz? ¿Por qué en su lucha, la de Trump, de no defender a nadie sino sólo apropiarse de las riquezas de cualquier nación donde su poder se lo permita cuando ya no queda sino la fuerza de las armas para impedirlo, la CIA le asegura que ese grupo corinista lo único que garantiza es mera y contraproducente propaganda demagoga?
Eso sólo indica que entronizar marionetas como las de la marca de María Corina Machado era peor que servirse de chavistas en funciones y con probado control sobre sectores decisivos del Estado.
Ese espectro estaría perfilando un horizonte más y más sombrío, con la ONU y todos los arbitrajes internacionales en la galería inútil de los delegados del blablablá:
Rusia y China tienen sus propios paquetes de interés geoestratégico con definiciones en curso sobre Ucrania y Taiwán.
El régimen castrista cubano caería por su propio peso, augura Trump. (Sin el soporte económico venezolano ni alternativa propia de reforma estructural de su sistema económico y su modelo de Estado, el colapso es previsible, entiende, y la vía de un relevo cupular tras el divisionismo del régimen, también.)
Las más bien pasivas reacciones críticas de los regímenes de Putin y Jinping contra el intervencionismo ‘americano’ en el Caribe ilustrarían respecto de una estrategia de reposicionamiento continental estadounidense y de redistribución de los intereses globales de las superpotencias atómicas y económicas.
México se recoge en un discreto juarismo internacionalista declarativo. Cuba sin Fidel ni el chavismo ni Rusia ni China puede estar en curso de agotamiento revolucionario terminal; el castrismo senil ha despojado a la isla de toda garantía para la inversión y el desarrollo empresarial privado, única vía, la economía mixta, de fortalecimiento socialista y soberano. Nicaragua pone sus barbas a remojar. La izquierda de Lula se nubla en el descenso de la popularidad. La de Colombia se reduce a verbo guerrillero defensivo. Las de Argentina, Chile, Ecuador, Perú, Bolivia y Honduras cayeron por su propio peso, por su propia inercia, por su denso ideologismo puesto encima de sus competencias de gestión institucional.
‘Por angas o por mangas’, se dejara hacer por estrategia o no, no hubo siquiera la resistencia de la invasión a Panamá contra Manuel Noriega, cuando el país centroamericano nunca ha tenido un Ejército.
De modo que más que visceralidad injerencista y que sólo incursión para el control estadounidense de las mayores reservas petroleras probadas del mundo y de otros recursos minerales y energéticos valiosos, la iniciativa de Trump -entre las ‘Donroe’, o de la Doctrina Monroe de Donald- parece advertir un proyecto imperial geoestratégico; si no convenido, sí en curso natural aparente.
Porque en el planeta el debate ha dejado de ser ideológico y de importancia social y definiciones nacionalistas.
Se ha entrado en la era de la dominación digital sobre las reservas energéticas y de mercado definidas en un mapa que se estrecha al extremo por el expansionismo demográfico y el de los intereses y las operaciones económicas y militares de las mayores potencias atómicas.
Quien controla el algoritmo y la robótica determina el destino de los pueblos.
Es lo mismo del origen de los poderes territoriales y de los imperios originarios, pero en la última hora tecnológica de la civilización humana.
No se procesan conceptos ni se consideran derechos de los individuos.
Donde el dominio humanoide gana terreno y la era de la ‘singularidad’ -definida por Elon Musk como el desplazamiento de la inteligencia humana por la artificial y donde el año corriente marcaría esa frontera civilizatoria donde la segunda empieza a independizarse de la primera y a suplirla y a imponerse a ella- supone que el espíritu, pensante y creador, perderá el control de su creación -réplica humana movida hacia el futuro sin valores ni principios ni equilibrios morales, o sin eso que se llama la ‘condición humana’-, y que, en la lógica de todos los cambios y todos los renacimientos cuánticos, bien puede entenderse desde ahora como la marca de la transición hacia lo desconocido de la Humanidad, cifrada en ese impulso autodestructivo.