Disminuye la acuacultura comercial en Quintana Roo pese a alta demanda

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CHETUMAL.- Mientras la acuacultura gana terreno a nivel internacional como una de las principales soluciones para atender la creciente demanda de proteína, en Quintana Roo la actividad avanza en sentido contrario. El sector, que alguna vez se perfiló como una opción estratégica para la producción de alimentos, hoy enfrenta un proceso de debilitamiento que ha reducido su presencia productiva y su impacto económico.

Productores locales advierten que el número de granjas acuícolas con operación comercial en el estado se ha desplomado. De las unidades que funcionaban de manera formal, apenas una fracción continúa produciendo para el mercado, mientras que la mayoría ha quedado relegada al autoconsumo, incapaz de sostener los costos y exigencias de una actividad cada vez menos rentable.

Entre los factores que explican este retroceso destacan el encarecimiento de los insumos, las variaciones climáticas que afectan la productividad y la ausencia de condiciones que permitan competir con productos provenientes de otras regiones y del extranjero. Esta combinación ha provocado no sólo el cierre parcial de instalaciones, sino también la migración de mano de obra especializada hacia sectores más estables.

Como resultado, la diversidad de especies cultivadas prácticamente desapareció. La tilapia se mantiene como el único cultivo con presencia constante, aunque en volúmenes insuficientes para atender el mercado local. Cada semana, el consumo regional de este producto oscila entre 15 y 20 toneladas, una demanda que la producción estatal no logra cubrir, obligando a recurrir a proveedores externos.

El fenómeno se replica a mayor escala en el país. México destina alrededor de mil millones de dólares anuales a la importación de filete de tilapia, una cifra que contrasta con el potencial productivo de regiones como Quintana Roo, donde existen condiciones naturales para desarrollar esta industria.

Empresas que en años anteriores operaban cerca de su capacidad máxima reportan actualmente niveles de producción que rondan apenas el 40 por ciento. La caída ha impactado de forma directa en la rentabilidad, la generación de empleos y el encadenamiento productivo que solía acompañar a esta actividad.

Más allá de las cifras, el declive de la acuacultura en el estado plantea un problema de fondo. En un territorio con alta demanda alimentaria y recursos naturales favorables, la pérdida de este sector limita la posibilidad de avanzar hacia una mayor autosuficiencia, reduce alternativas a la pesca tradicional y frena el desarrollo de esquemas productivos sostenibles.

Sin una revisión de fondo que permita transformar la acuacultura en una actividad económicamente viable, Quintana Roo corre el riesgo de quedar al margen de una industria que, en otros países, ya se consolida como pilar de seguridad alimentaria y desarrollo regional.

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