
Signos
Lo inaceptable en la defensa ideológica de la Revolución Cubana es que no incluya la crítica a la falta de reformas que desde hace décadas -al menos tres- la hubieran fortalecido y alejado del derrumbe.
No está mal la defensa de lo bueno que se hizo, sino la de lo malo en que se perseveró y que impidió que de lo bueno se evolucionara para trascender las adversidades y modernizar las estructuras revolucionarias en el sentido de los cambios globales y las demandas generacionales.
En todos los procesos de transformación exitosos no puede abdicarse a lo mejor del pasado para forjar el futuro.
Si en algo se equivocó Fidel es en creer que su modelo revolucionario sería el sortilegio milagroso y eterno capaz de hacer el nuevo mundo cubano prescindiendo de la rentabilidad privada de la empresa capitalista y satanizando la inalienable condición originaria de la propiedad individual (bajo el dogma inflexible del marxismo prefreudiano y prehistórico).
Y si por algo triunfaron China, Rusia y Vietnam (fuera de la órbita de las ejemplares democracias occidentales, tan pródigas de abominables pasados imperiales, tiranías impuestas en nombre del ‘mundo libre’ y elecciones viciadas y propiciatorias de regímenes corruptos y al servicio de sus respectivas oligarquías) es porque optaron por un reformismo consistente con su idiosincrasia, su pasado y sus alternativas de prosperidad, donde se renunciaba a la experiencia del fracaso maoista y leninista pero se recuperaban los mejores aportes heredados como recursos del porvenir (si bien sin renunciar a sus igualmente condenables totalitarismos, la ‘alternativa’ de las civilizadas democracias controladas por los grupos de poder escudados en la defensa constitucionalizada de la ‘voluntad popular’ y sus libertades ciudadanas patrocinadoras del renacimiento de letales y muy democráticos racismos y supremacismos, como en la Unión Americana).
Deng abrió las fronteras chinas y potenció una diáspora que fue a buscar oportunidades y a formarse en el exterior, pero de la que regresaron innumerables valores profesionales a convertirse en factores de vanguardia del nuevo poder comunista mundial sostenido en el financiamiento fiscal de la empresa capitalista.
Putin recuperó un universo soviético (de educación, industria, ciencia, poderío militar y atómico y energético, etcétera) que bien supo ordenar en una renovada potencia global de economía mixta, con el concurso de nuevas generaciones y nuevos espíritus de la diversidad de todos los ámbitos que han convertido las sanciones occidentales en oportunidades de inversión y crecimiento nacional.
Vietnam se reconstruyó y se proyectó hacia una nueva era desde los escombros a que pretendió reducirlo el colonialismo yanqui.
Y Cuba, en tanto, decidió renunciar a la inversión de su vasto capital educativo dejándolo ir al extranjero sin retorno porque prefirió convertir el ‘bloqueo’ en una consigna ideológica que remontarlo renovando los paradigmas políticos y económicos (productivos, empresariales, de propiedad y de régimen y financiamiento fiscal del Estado) para que sus recursos profesionales se capitalizaran y capitalizaran al país.
Y así, en la polarización que simplifica el concepto y la realidad de los tiempos, los defensores de la izquierda defienden la Revolución Cubana con todos sus ruinosos equívocos históricos (como la represión legitimada en la defensa soberana ante el asedio contrarrevolucionario), y los acusadores de la derecha la condenan pese a los aciertos innegables de las glorias visionarias de Fidel.
Porque se han extinguido las relatividades propias de la conciencia crítica y todo ahora es vanagloria o satanización.
Hasta la demagogia ha perdido su gracia retórica y los signos políticos se han quedado sin paradigmas interpretativos. Todo es obvio, cínico, primitivo, elemental. Ni siquiera se habla ahora de la cualidad concreta de los cambios necesarios. Y se agotó la apuesta por los idearios y las utopías.
En la lucha por el poder sólo cuenta la representación facciosa de los contendientes. No su potencial representativo ni el vigor de sus posturas y sus pronunciamientos específicos en favor del desarrollo y la justicia general. Importa su pertenencia entre los grupos dominantes. Por Trump o por la élite castrista, o en contra de ambos. Por ejemplo. Sin puntos intermedios.
La cuestión de los derechos de los individuos y los pueblos se reduce a eso: a tomar partido por uno u otro bando.
La heterodoxia y el pensamiento libre no participan en las modas y los modos de ser de esta versión moderna y última de la Edad de Piedra.
Nunca ha sido más elocuente la renuncia a la diversidad dialogante y a la estética y a los matices de los pronunciamientos.
Nunca ha sido tanto el desdén o la impotencia por la ética, la razón moral y la importancia de la condición humana.
Habría podido decir Fidel Velázquez que hoy día la política, la democracia y el humanismo son tan transparentes que no se ven.
SM