
Signos
El grupo gobernante controlado por el Niño Verde (el del departamento del piso 19 de la Torre Emerald de Cancún, desde cuyo balcón fue lanzada al vacío una joven búlgara luego de ser violada durante una farra drogadicta en los días finales del Gobierno estatal de Félix González y de cuyo proceso judicial fue exonerado el también dueño del Partido Verde y del poder político dominante en el Estado caribe), esa banda, pretende ahora lo que sería uno más de sus atentados en contra de la vida pública y en defensa de los criminales intereses que defiende -con cargo a la censurable alianza que sigue manteniendo con el obradorismo presidencial y bajo el escudo de un sistema democrático utilitario que se lo permite-, en tanto advierte lo que parece inevitable: que puede ser despojado de ese control delictivo que ha impuesto en Quintana Roo (sobre su Gobierno, sus Poderes Legislativo y Judicial, y sobre la Fiscalía y sus negocios de impunidad en favor del crimen organizado), y por el que podría tener que rendir cuentas si el candidato presidencial a la sucesión del Gobierno estatal es Rafael Marín, enemigo que es de ese grupo gobernante verde -simulado con los colores guindas del partido de la Presidenta- o de la mafia en el poder que está en curso de usar todos los recursos sucios disponibles a su alcance para resistir el embate presidencial que representan la figura y la campaña del tabasqueño exDirector nacional de Aduanas.
Porque ahora y tras tanto ataque panfletario fallido contra el único perfilado como candidato obradorista, se pretende usar su reciente visita al exGobernador Mario Villanueva -bajo arraigo domiciliario- como un hecho punible, por cuanto el proceso judicial de Villanueva cancela sus derechos políticos. Y entonces se asociaría esa visita a las de otros actores y exactores políticos para intentar una acusación formal donde se perfilara un activismo villanuevista violatorio de sus condicionantes constitucionales. La cuestión no estriba en lo que pudiera o no acusarse como indebido, sino en la dolosa instrumentación de los encuentros del exGobernador con personas del ámbito político (que desde cualquier óptica no puede sino entenderse como lo más normal del mundo, tratándose de quien por naturaleza es un ser político cuyas principales relaciones en la vida han sido políticas). La cuestión estriba en el uso legal de esos acercamientos e intercambios para tratar de regresarlo a la cárcel, y en que tal iniciativa sea del verde morenismo gobernante con la intención superior de atacar a Marín, como visitante de Villanueva, o como cómplice, por tanto, del exGobernador, y de este como promotor de aquel, en lo que sería un acuerdo de conveniencias coyunturales ilícitas que bien podría integrarse en esa causa que se refiere: la de una conjura expresa de los morenistas verdes impostados contra el odiado enemigo impuesto, ahora sí de manera expresa y abierta, por la Presidenta de la República. Un intento que se sabe que fragua la canalla gobernante verde, y de la que bien haría Marín en poner al tanto a la Presidenta y a la cúpula de su partido. Una oportunidad inmejorable para deshacerse de una vez por todas de esa banda de rufianes que tanto cobra por su sociedad con el partido de la Regeneración Nacional, y cuya influencia y cuyo poder en Quintana Roo tanto oprobio significa para el poder presidencial. Porque la evidencia de la conjura consta. La iniciativa está en curso. Y la demanda respectiva desde cualquier flanco puede ocurrir.
Por supuesto que en el Verde, como entre unos y otros ciudadanos, bien puede saberse que el exGobernador chetumaleño es una figura de alto interés público que es visitada por una diversidad de personas con una también diversidad de motivos personales para visitarlo. Y por supuesto que del mismo modo se sabe que no existe irregularidad ninguna si los visitantes a su domicilio son personas públicas o privadas mientras cumplan con la ley. De sobra se entiende que hablar de política en el ámbito privado de un cautiverio no significa en sí mismo flagrancia ninguna porque el tema de la política es común entre quienes han ejercido o ejercen la política, como el de la medicina lo es entre médicos o el de la empresa entre empresarios. Y asimismo se sabe que Villanueva y Marín se conocieron en el entorno político quintanarroense en el que convivieron y en cuyo territorio han vivido. Y bien puede entenderse que la ‘visita de cortesía’ de Marín pudo incubar intereses particulares de cada cual lo mismo que afectos personales y temas propios del ser político de uno y otro. Lo que debiera quedarle claro a la Presidenta y a la dirigencia de su partido es que contra su seguro candidato a la sucesión gubernamental en Quintana Roo se fragua una campaña muy lodosa desde el flanco verde envuelto en la misma bandera de la regeneración moral, y que la misma no tiene el menor escrúpulo ni la mínima objeción de conciencia sobre el daño que podría hacer a la causa penal de Mario Villanueva, ya de por sí enturbiada, complicada y abusada por los mismos intereses de poder que nunca se opusieron a la liberación de los presuntos cómplices en los cargos federales que a él se le imputan y por los que sigue preso, y cuya condición humana, la de quienes se empeñan en mantener a Villanueva preso, es idéntica a la del morenismo verde dominante en Quintana Roo, y que de la Presidenta depende si debe o no ser desterrado.
SM