Renovarse o morir (el arduo y sinuoso trecho entre ser oposición y ser Gobierno)

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Signos

No se puede construir un segundo piso si no se corrigen los desperfectos estructurales del primero, sea que se  cometieran de manera involuntaria, de manera inevitable, porque el fin justificaba los medios, por perversidad o por todo junto entre los materiales del proyecto.

Andrés Manuel debió bregar muy cuesta arriba, si bien era favorecido en su ascenso hacia la jefatura del Estado mexicano por la densa y desmedida corrupción en que los poderes gobernantes precedentes de la oligarquía privatizadora neoliberal hundieron al país y condenaron al desprestigio y al derrumbe electoral a sus partidos y a los grupos políticos representativos de sus intereses, lo que el tabasqueño calificó con sobrado acierto como ‘la mafia del poder’.

La polarización política y la guerra ideológica de la propaganda no la inició él, sino sus muy poderosos enemigos que lo boicoteaban y le cerraban los caminos. Pero nadie como él para sobrellevar la contienda y para terminar ganándola de manera indiscutible y aplastante. Estaba hecho para ella. Le venía como anillo al dedo. Tenía el carisma y la identidad y la fuerza popular que nadie podía presumir en la historia política nacional. Y tenía la forja y la experiencia de una cultura política revolucionaria, la priista de los tiempos de la cohabitación ideológica y clasista, donde la verdad y la mentira, las buenas y las malas intenciones, los mejores fines y los peores medios, lo fáctico y lo lícito, lo moral y lo inmoral, podían vertebrarse y convivir, para bien o para mal, según las intenciones institucionalizadas de quien dirigiera el país. Sabía convencer y hacerse idolatrar por los buenos, que él etiquetara como buenos, y enfrentarlos con los malos, que cualquiera sabía de sobra que eran de lo peor pero que él convertía en verdaderas sabandijas; y en ese circo maniqueo de propaganda y opinión pública también podía reinventar como redentores de la transformación -nada menos que la cuarta en la historia del país, tuvo la osadía de proclamar y promover asumiéndose como uno de los cuatro próceres de la patria- y como apóstoles de la regeneración nacional, a una legión de piltrafas humanas que, coludidos en distinto grado con los jefes del crimen organizado en sus territorios de dominio, servirían a su causa, contra ‘la mafia del poder’, aportando financiamientos presupuestarios, contribuciones de empresarios afines, logísticas y toda suerte de recursos criminales pero invencibles, para que, con sus banderas y su imagen vindicativa de los pobres, hicieran ganar a sus candidatos, es decir a los convenidos con el jefe máximo de la marca pero defensores de la delincuencia política regional sumada -aprovechando la circunstancia irreversible del naufragio opositor- al obradorismo enemigo de la oligarquía privatizadora y neoliberal que con Salinas de Gortari y regímenes presidenciales posteriores envileció la alternativa económica de intención social y ensangrentó al país.

El fin de la causa era insuperable. Los medios -los relativos a la sociedad con la delincuencia política y a la tolerancia del crimen organizado justificando la inacción armada del Estado en la censura a la militarización antinarco del régimen presidencial calderonista, culpado en exclusiva de la violencia producida por la guerra contra el narcotráfico, y cuya colaboración con Estados Unidos debía censurarse y fue condenada como violatoria de la soberanía y como traición a la patria-, esos medios eran los reprobables.

El propósito regenerador de la izquierda obradorista incluía la recuperación del Estado social, despojado de la propiedad de gran parte de sus bienes y sus empresas esenciales, los que habían sido entregados por la rapacidad neoliberal a unas cuantas familias, socias del poder presidencial, que habrían de incorporarse al grupo de las más ricas del mundo siguiendo las pautas globalizadoras del Consenso de Washington.

Incluía reformas para el rescate energético que impidiera el condicionamiento del mercado y los precios del consumo popular desde los corporativos privados nacionales e internacionales, lo que redundaría en incrementos tarifarios e inflacionarios descontrolados y enemigos de todo principio de justicia en una nación de alta desigualdad y de muy amplios sectores pobres y dependientes de la protección del Estado.

Incluía un sistema económico de composición mixta donde el Estado controlase los sectores prioritarios, al modo del llamado ‘Desarrollo estabilizador’ que tan servicial había sido entre los cincuenta y los sesenta.

Y se planteaba, asimismo, reducir las malversaciones extremas de los poderes públicos federales (ya la regeneración moral de la vida pública del país, como la transformación de la cultura general de la corrupción, no podía pasar del cuento chino de la propaganda propia del obradorismo de Andrés Manuel) y abaratar los financiamientos desmedidos de los sistemas electoral y anticorrupción que los regímenes del saqueo privatizador se inventaron sólo para legitimar en la constitucionalidad de esos aparatos denominados autónomos -integrados por los grupos políticos dominantes y tan descomunales y masivos en su composición burocrática como ningunos otros en el mundo entero, del mismo modo que tan inservibles, cuanto que nunca sirvieron para consignar penalmente a ningún ladrón político importante-, para legitimar y lavar en esas nuevas aguas normativas y democratizadoras sus propios atropellos contra la administración pública, el interés general y el Estado de derecho.

Se proponía, asimismo, la reforma del Poder Judicial de la nación. (Porque los Ministros de la Suprema Corte de Justicia, blindados y enquistados en sus fueros soberanos desde la Presidencia de Ernesto Zedillo con canonjías desproporcionadas de ingreso, como de funcionarios judiciales de las mayores potencias democráticas del mundo pero  con toda suerte de facultades discrecionales para el tráfico de influencias y negocios en un Poder republicano corrompido desde siempre y tutelado por los jefes de turno del Ejecutivo Federal, habían rechazado todas las reformas estructurales promovidas pr el obradorismo, empezando por las energéticas, y habían retado el poder de un primer Jefe de Estado de izquierda y enemigo del estatus quo de su pertenencia de todopoderosos representantes de la ley.) Pero la reforma terminó siendo un despropósito democratizador y mayoriteado de improvisaciones electoreras ante un electorado ajeno en absoluto a las candidaturas a elegir, y el Poder Judicial a reformar terminó siendo una caricatura siniestra comparado con el anterior.

De modo que la construcción del llamado ‘segundo piso’ de la llamada ‘4T’, tras la sustitución de Andrés Manuel en el liderazgo presidencial por quien él dispuso, merced a la fuerza de su popularidad y a su inapelable poder de decisión, debía empezar por la reparación de los defectos de la etapa anterior.

El confrontación y la radicalizada polarización política y discursiva -que había iniciado el oposicionismo patológico contra su candidatura presidencial y se expresaba en la campaña mediática panista aquella de que López Obrador era “un peligro para México”; guerra que terminaría ganando, con la Presidencia de la República misma, Andrés Manuel, quien desde Palacio Nacional continuaría aplastando en sus conferencias mañaneras diarias y con el respaldo mayoritario de la población a sus enemigos de ‘la mafia del poder’- tendrían que cambiar de tono, de intensidad, de formato, de argumentos y de estilo. El ‘segundo piso’ requería más gestión política y de gobierno, y menos guerras de desgaste y de panfleto; más argumentos y mayor sobriedad informativa y crítica y pedagógica, y sobre todo si la nueva dirigencia del Estado Nacional no estaba curtida en las contiendas del poder sino en la academia y las marchas estudiantiles de su generación, y no tenía los recursos para las querellas facciosas de ese tipo ni la identidad popular de su antecesor. Procedían la madurez del diálogo plural y la renovación en las estrategias particulares de dirección del país.

Procedía, sobre todo, la renuncia a las pasadas alianzas delictivas y al soberanismo como recurso defensor de las mismas. Procedía, por tanto, un nuevo trato de interés mutuo con Washington, que favoreciera tanto el extinción inmediata de la delincuencia política y del crimen organizado, como las negociaciones comerciales; es decir: la seguridad y el intercambio económico.

Procedía la rectificación de lo que fue necesario y dejó de serlo, o de lo que fue inconveniente y lesivo, para emprender una siguiente etapa de superación sin justificar lastres, desperfectos y vicios de origen.

Defender equívocos condenables como si fueran triunfos épicos -y hacerlo, además, de manera redundante, simplista y obsesiva- y aferrarse a la misma narrativa, con los mismos giros reciclados de la autoría del jefe fundador, sin ideas ni estilo propios sólo porque ‘somos lo mismo’, en sentido literal y como si ser lo mismo no implicara cambio alguno -desde las diferencias propias de la personalidad y el modo de ser y de decir las cosas-, eso contribuye más a debilitar los soportes estructurales de abajo y a cargar sobre ellos un peso superior que más provee al derrumbe que al perfeccionamiento continuado y sistemático de una edificación de vanguardia y larga vida progresista y republicana.

Erradicar las narcoalianzas y desmontar y castigar las vastas tramas del robo de combustible y perseguir a sus autores y cómplices debería tener procedimientos punitivos tan articulados como un relato sabio y convincente y novedoso que defendiera los principios originarios del obradorismo desde los hechos inequívocos del combate a sus desviaciones y a sus implicaciones en lo que más dijo desde el principio combatir: la corrupción y el uso del poder representativo del pueblo para lucrar. Decir que ‘somos lo mismo’ legitimando los peores comportamientos de la inmoralidad y la perversión pública del principio, es declarar la doble cara de la pertenencia militante y del ejercicio del poder, lo que más temprano que tarde habría de implosionar la obra de la llamada Regeneración Nacional.

Porque reconocer errores y probar que se trabaja en erradicarlos para seguir adelante con mejores experiencias y perspectivas, es progresista y de vanguardia. Es cambiar el rumbo sin renunciar a lo mejor de la identidad propia. No hacerlo es demostrar que se lastran los mismos defectos y que no se tiene alternativa de superación real. Tal es el dogmatismo que transforma la vanguardia que se defiende en el conservadurismo que se ataca y sobre el que se nació como oposición. (Pasa hoy día con la Revolución Cubana: fue el motor de la transformación y un ejemplo mundial de superación intelectual. Pero perseveró en sus inercias ideológicas y económicas, pese a las transformaciones del mundo que determinaban su adaptación al cambio, y ante la incompetencia de reformas propias sólo reparó en acusar al bloqueo estadounidense de todos los males de su estancamiento y su derrumbe.)

El obradorismo incurrió en mentiras, imposturas éticas y contradicciones ideológicas para alcanzar el supremo poder del Estado Nacional defendiendo una moralidad que era su identidad retórica.

Pero esa era la naturaleza política propia de un liderazgo formado en el doble sentido de la moral (o en la doble moral) del poder.

El supremo poder del Estado ya se tiene. Las prioridades y las estrategias para preservarlo debieran cambiar. La moral no va a dar más moras electorales porque la carga emocional del obradorismo originario y sus nostalgias están a la baja bajo la exposición incontenible de sus simulaciones y contradicciones. El ejercicio del poder del Estado está sometido a toda suerte de campañas de derribo, y su Presidenta y su partido debieran contar con reservas de contención; no con aquellas con que se combatía contra el poder oligárquico que atacaba el crecimiento de la fuerza opositora de la Regeneración Nacional, sino con otras, más defensoras de la eficacia representativa y gobernante que las de la misma trinchera moral. Porque cada defecto revelador de la contradicción moral se convierte en munición opositora contra los defensores en el poder público de la regeneración nacional. Y en el poder público y en la dimensión de opinión pública en que se exponen las decisiones del mismo, mientras más se defiende la moral a más parque opositor se expone. Y por eso más conviene el convencimiento de la obra y la negociación política que la matraca de la pureza ideológica.

De modo que si se quisiera que ‘ser lo mismo’ prosperase y trascendiera, tendría que deshacerse de sus vicios del pasado. Perseverar en lo mismo es condición de abatimiento prematuro. Renovarse o morir, dice el adagio.

“Obras y resultados” es lo que debiera defender, en efecto, la Presidenta; que los ataques, fundados o no, son propios de la oposición, y al Gobierno lo que le concierne es la defensa de lo propio desde el convencimiento de sus actos. Pero también debiera evitar alianzas con la delincuencia política y con la mafia verde, y negar trampas electorales autoritarias como la de la ‘ley Monreal’ para determinar anulaciones electorales a conveniencia desde sus mayoriteos parlamentarios y sus influyentismos interpretativos en la autoridad electoral mediante la presunción de influencias extranjeras en las elecciones, toda una aberración democrática de presunta defensa soberanista. Toda una intención manifiesta de totalitarismo promovida por el miedo y la falta de candidatos propios y de verdaderos recursos competitivos.

SM

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