
Signos
Si la Presidenta no intenta transformar de manera estructural el sistema educativo, no habrá transformación ninguna de valor en la calidad ciudadana, soberana, cívica, política, representativa, moral, judicial y democrática del país.
Peña intentó una reforma del sector que incluía una enseñanza básica de tiempo completo. El obradorismo y su izquierda progresista la desmantelaron y optaron por la inercia inamovible de la evasión de responsabilidades, en un sistema político donde el Magisterio -uno de los más numerosos e influyentes del mundo en las decisiones de un Estado Nacional y sus procesos electorales- ha determinado las políticas educativas, y donde las relaciones entre gremios y autoridades nunca concluyen en acuerdos favorables para todas las partes y mucho menos para el derecho de padres de familias y escolares, y menos aún para elevar los estándares nacionales de la enseñanza y dejar atrás los reprobables niveles de la educación mexicana en el entorno internacional y entre los pueblos con las mayores economías del mundo.
No parece, la alternativa de la izquierda obradorista, mejor vanguardia que las derechas presidenciales predecesoras; no en el ámbito esencial de las transformaciones de un pueblo, el de la educación.
Porque sin el potencial de una comunidad nacional letrada, la conciencia crítica que entraña la evolución civilizatoria y los procesos de la justicia social no se realiza en las instituciones ni en las decisiones políticas necesarias para el cambio.
Y por lo menos en ese aspecto histórico esencial, la izquierda obradorista no es mejor que la derecha peñista.
Y eso es mucho decir.
SM