En la tierra de los ciegos, el periodismo de hoy

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Signos

Las excepciones de valor son cada vez más notorias porque son cada vez menos en la oscuridad. (Estrellas solitarias que se apagan en la decadencia general.)

El periodismo mexicano de hoy día, por ejemplo -como el de más de medio mundo-, casi no pasa ya de ser propagandista de los grupos políticos encontrados y en guerra por el poder, donde la ideología y la moral son meras baratijas panfletarias que no se compra nadie y sólo defienden los beneficiarios de ese Estado de descomposición.

Se perdieron las virtudes de la ‘exclusividad’, de la individualidad informativa o de autor, y de la estatura editorial. (Se acabó el ‘estilo’, el vigor narrativo, la pericia de documentar y de escribir. Cualquier vocero es útil si informar no es lo que importa sino el infundio que soporta.)

Se generalizó la propagación de contenidos noticiosos iguales, repetidos y sin fuentes generadoras identificables y confiables, y con ello la dispersión de toda suerte de efímeras verdades y mentiras entre públicos de progresiva pobreza crítica, autogestiva y consumidora, cual chicles masticados, de historias ‘trascendentes’ e interpretaciones ‘especializadas’ donde la banalidad suele ser convertida en teoría superior del acontecer político. (La cultura del ser o del no ser absolutos con sólo parecer.)

Se multiplicó la emisión de naderías oficialistas convertidas en notas estelares. (La farándula de gobernar. La selfie y el sensacionalismo palabrero baldío. El boletín que dejó de irse al bote de basura y se erigió en informador esencial tras los influyentes ‘convenios’ de la publicidad hecha noticia entre los ‘amigos de la prensa’. Las ‘redes sociales’ que detonaron, asimismo, el ‘periodismo’ arbitrario y sin reglas: como Dios lo da a entender y la necesidad o el oportunismo mercenario lo hacen valer con sus plagas adjetivas y de lugares comunes.)

Se abarató el mercado de la opinión pública y, ante la falta de competencia y cualidad, la corrupción política dispuso como nunca del erario -con las naturales objeciones de la propaganda periodística enemiga respondidas por la oficialista con los eufemismos justificantes del caso- para repartir menos entre los miembros -cada vez más y más numerosos- de una ya muy sobrepoblada comunidad de comunicadores clientelares, ahora también más desprovistos de recursos profesionales y más atenidos a las redacciones de la Inteligencia Artificial.

Menos aptitud, más improvisación, más dependencia digital, más ‘periodistas’, menos paga, menos política, menos opinión pública, menos verdad:

Más telaraña desinformativa e impunidad de la política y la comunicación social. (Más competencia sin valor. Precarismo creciente. Democracia estéril o sin aliciente popular.)

Todo es raudo y efímero, en un ámbito sin ética ni oficio ni compromiso donde la transparencia o la conjetura y la frivolidad lo mismo dan.

Y cuando más se denuncia y se acusa la inmoralidad de unos a otros, más vulgar e intenso es su fulgor inocultable.

Porque no hay pecador más grande que el que más condena a su enemigo y más defiende la santidad propia. Como ha ocurrido por los siglos de los siglos. Y sucede ahora más que nunca porque la transparencia digital de la integración totalizadora lo revela todo, empezando por los falsos redentores, los pregoneros de las ideologías de la salvación y sus propagandistas y comunicadores.

Mentir hoy día es lo más fácil y convencional del mundo.

La especulación hace verdades infalibles y modos de ser y de vivir.

La diferencia entre los buenos y los malos del poder es asunto de juegos ideológicos de izquierdas y derechas donde basta hacer saber que se es de un bando o de otro en el vasto vacío doctrinario de los tiempos, cuando no mas de tres o cuatro prehistóricos sectarios saben lo que es eso.

Y en el periodismo ya no basta probar. Cualquiera sabe a quién se sirve. Y sólo no ve el ciego que no quiere ver.

SM

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