Cuba: condenar, sin conceder

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Signos

Sitiar un pueblo y pretender condenarlo al agotamiento total para provocar un estallido, es un acto de barbarie; uno que sólo ilustra el extremo de inhumanidad y de arbitrariedad de una civilización donde no quedan recursos o fuerzas de defensa institucional y moral contra el terror de los dueños absolutos del mundo.

Ningún intento de liberación puede incluir la insensibilidad ante la tragedia de inocentes.

Cuba padece, en efecto, un régimen de Estado cuyo envejecido autoritarismo niega, como falso imperativo de su seguridad, toda alternativa económica y de derechos individuales (que frente al bloqueo estadounidense sería una vía de solución, y cuyo persistente rechazo a tales expectativas de cambio evolutivo interno sólo complementa y refuerza el castigo contra la población, y exhibe y explica la caducidad, la obsolescencia revolucionaria y la sostenida pérdida de popularidad y de legitimidad de su anciana jerarquía dirigente negada a retirarse).

Y sí: requiere de auxilios internacionales, civiles y diplomáticos, que cifrados en las más fuertes condenas a la injusticia histórica del bloqueo favorecieran la transición pacífica del Estado cubano hacia un modelo más moderno de libertades económicas y políticas pero, sobre todo, libre de la amenaza armada y de la salvaje arbitrariedad del colonialismo supremacista yanqui y de todo intento de vasallaje impuesto desde el exterior.

Gracias a Fidel, Cuba alcanzó estándares internacionales que la hicieron una potencia en diversos ámbitos esenciales del desarrollo humano, como la educación, la salud, la ciencias y las artes, y ha sido una nación humanista y generosa ejemplar que merece reconocimiento y respeto a sus grandes conquistas históricas y a sus igualmente mayores aportaciones internacionalistas y civilizatorias.

Lo que no requiere, de ningún modo, es la humillación de ser ‘liberada’ por la fuerza de las armas de la demencia imperial.

Lo que requiere es reconocer y que se reconozcan sus conquistas revolucionarias más vitales y victoriosas, y que sus espíritus más vanguardistas, eclécticos, soberanos y libres decidan su destino y la gobiernen.

Los derechos humanos fundamentales en Cuba, como los de la educación y la salud igualitarias, trascendieron los niveles de casi todos los países latinoamericanos en los apenas primeros años de la Revolución, lo que representaba un éxito anhelado en pueblos de democracias fallidas y tiranías perpetuas de la era de la Guerra Fría. La cultura cubana, la erudita y la popular, se llenó de prodigios estelares en casi todas las expresiones creativas.

Pero Fidel -un visionario del siglo veinte y sus revoluciones proletarias que, como todos los revolucionarios de entonces, asumió la tesis apostólica marxista y leninista de la eternidad invariable del comunismo gobernante como la última de las etapas de la Historia- no permitió la emergencia de liderazgos políticos de relevo en la estructura del poder, ni aperturas económicas e ideológicas que salvaran sus conquistas y posibilitaran el despliegue de alternativas internas capaces de resistir y remontar el bloqueo y la dependencia de la órbita soviética y de toda otra relación externa. Y su régimen tuvo un primer anuncio de derrota, tras el hundimiento del llamado ‘Campo socialista’, con las carencias y las calamidades humanitarias del ‘Periodo especial’ de los noventa derivado de esa quiebra estrepitosa. Pero aun con el aviso se perseveró en el mismo modelo revolucionario personalizado, caudillista  estancado y sin opciones de institucionalización sucesoria. Envejeció de pronto. Y ahora Cuba, en medio del colapso, enfrenta la amenaza del más desquiciado emperador del ‘Mundo libre’.

Y el Estado no está para más heroicidades populares ni exclamaciones de “César, los que van a morir te saludan”. Sus convocatorias de defensa soberana son ilegítimas y estériles. Pudo cambiar el rumbo de la historia y decidió naufragar en el estanco económico y la inmovilidad ideológica.

Y sí: el mundo civilizado tendría que saber que apostando sólo por la condena contra el totalitarismo y sus violaciones de los derechos humanos se deja a Cuba a merced de castigos más catastróficos e inhumanos.

Y lo sabe. Como también se sabe a ciencia cierta que las democracias occidentales más civilizadas suelen hacer eso: defender las barbaries colonialistas modernas cruzándose de brazos y desde el discurso de la condena contra los regímenes extranjeros que les son inconvenientes.

¿Y la posición de México? Esa debería ser inmutable: la de la dignidad del internacionalismo juarista de la neutralidad activa  con la que reprobó -único país en hacerlo- la expulsión de Cuba de la OEA en Punta del Este, en el 62; una expulsión que si bien favoreció el alineamiento cubano con el bloque socialista global y la propaganda de moda de la justicia anticapitalista frente a la hegemonía unipolar, México condenó sin pronunciamientos ideológicos y sólo en defensa de la soberanía del pueblo cubano para decidir su destino frente a todos los intentos de pervertirlo y socavarlo.

Tal debe ser la postura: no de defensa del régimen, sino del derecho a la justicia y el progreso propios; en favor del futuro de un pueblo (el de Martí, amigo que fuera del notable juarista mexicano Manuel Mercado) que ha sabido conquistar por cuenta propia superiores umbrales de valor, de cultura y de belleza como pocos en el mundo entero.

SM

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