El bloqueo de Fidel

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Signos

Había que expropiarlo y nacionalizarlo y estatizarlo todo.

Era la consigna de Fidel en el principio de la euforia de la liberación, en los sesenta, los mismos años de la gran campaña alfabetizadora, una de las más grandes epopeyas de transformación entre los pueblos de la Tierra.

Socialismo y justicia revolucionaria significaban atacar todo lo que fuera de propiedad estadounidense y de propiedad privada, de las más grandes empresas a los mínimos negocios familiares.

Todo tenía que pertenecer al nuevo Estado, porque significaba imperialismo, capitalismo e intervencionismo.

Y se ejerció y se hizo fiesta nacional la expropiación generalizada, la estatización de todo.

Y el embargo y el bloqueo estadounidenses fueron la consecuencia lógica, y un arma de legitimación ideológica de Fidel. Un arma que no hería, empero, porque la URSS financiaba con todo la ‘alianza cubana’ en pago al uso del espacio territorial estratégico de la isla como enclave nuclear en la Guerra Fría.

Pero después del colapso soviético de los ochenta y con la llegada del ‘Periodo especial’ que hundió la economía cubana y el consumo básico de la población, el bloqueo fue el culpable y la explicación de todos los males.

Fidel había forjado, sin embargo, una potencia educativa que generaba recursos profesionales en todas las áreas del conocimiento y el desarrollo. Pero en lugar de impulsar con ellos una fuente fiscal de fortalecimiento económico del Estado y de rentabilidad social (mediante un cambio de modelo socialista y de economía mixta, donde las gratuidades esenciales y el aparato público se abastecieran con los ingresos privados y sus contribuciones proporcionales al fisco), se preservó intacto el estigma revolucionario de la propiedad privada como peste capitalista, y se prefirió el éxodo de profesionales al extranjero entre los millones de cubanos que optaban por huir de la pobreza, como alternativa de solución:

Descendería la demanda popular, se mantendría la igualdad social a toda costa y la propiedad estatal, los emigrados (acusados de traidores y contrarrevolucionarios) ayudarían con las remesas de lo enviado desde el extranjero a sus familias, los acuerdos de cooperación con regímenes amigos contribuirían al sostenimiento alternativo del Estado, y se fortalecería el principio de la resistencia soberana (sobre la decadencia inevitable derivada de la incompetencia administrativa de la burocracia, el deterioro progresivo de la infraestructura y los servicios, y el hundimiento generalizado de la empresa estatal y de los siempre improductivos proyectos colectivizados, como los de la producción rural).

Las arbitrariedades de la criminalización judicial y la represión fueron justificadas frente a las acometidas -ciertas y reiteradas- del terrorismo del exilio estimulado por la CIA. Y en esa guerra y en el sustento confrontacionista con el imperialismo se endureció un internacionalismo beligerante que impedía cualquier posible acercamiento bilateral y la mínima solución al enfrentamiento histórico.

Y justo cuando el beneficio energético y alimentario de las alianzas de la cooperación se redujo con los fracasos electorales de las izquierdas y las propias crisis en sus países, apareció de nuevo Donald Trump, reforzado en su amenazante poderío militar y decidido a apretar el cerco y recurrir a la asfixia de la economía isleña.

Y sin alternativas internas de producción y capitalización, se disparó a los cuatro vientos el grito castrista de las culpas totales contra el bloqueo y se intentaron meter bajo la alfombra de las circunstancias extremas los pecados propios de la negación sostenida de las reformas revolucionarias que suplieran, desde los tiempos del fin del subsidio soviético o del ‘Periodo especial’, los paradigmas y los equívocos económicos, constitucionales e ideológicos del socialismo, y transformaran sus dogmas originarios en un proceso de modernización administrativa, diplomática y económica que obrara negociaciones de interés compartido con Estados Unidos y con el mundo, y posibilitara un entorno de intercambios con el exterior y de desarrollo interno capitalizando las contribuciones profesionales y fiscales de su gran riqueza académica.

Porque el bloqueo lo propició Fidel. Y cuando hubo la posibilidad de revocarlo, de suplir a la URSS tras su derrumbe y de asumir una nueva ruta de Estado, no se quiso hacer.

Y por eso ahora la ruina económica ha reducido como nunca la base social e ideológica de la Revolución.

Y por eso los argumentos libertarios de Trump y de la defensa de la seguridad del perímetro regional de los intereses de la superpotencia yanqui tienen la pelota en su tejado.

SM

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