El pardo horizonte de la regeneración moral

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Signos

El obradorismo y su partido se construyeron en torno de un liderazgo, de un carisma, de una fuerza personal y de una identidad popular de la misma que, a diferencia del priismo al que perteneció y del que surgió su fundador, Andrés Manuel López Obrador, no avanza en su institucionalización; no crece en el armado progresivo y sistemático, como proyecto esencial y duradero, de una estructura con firmeza representativa propia como tal: capaz de trascender y proyectar hacia el futuro por sí misma su exitoso legado originario, y de capitalizar su poder hegemónico en un programa nacional elegido y votado por sus capacidades transformadoras y de interés mayoritario, y no por los referentes de su histórico, mítico y guadalupano caudillismo fundacional.

No hay un ideario de convergencias militantes convencidas, y de liderazgos virtuosos e influyentes y con capacidades de expansión consolidada de la base social del movimiento, y del movimiento como energía evolutiva y renovadora superior a ellos mismos. No hay fundamentos críticos y asumidos en gran escala, desde voces e iniciativas auténticas con que puedan suplantarse las conveniencias de los poderes y los grupos de interés que por oportunismo y por pragmática coyuntura han derivado hacia ese obradorismo que no les significa nada más que una alternativa eventual de privilegio y de negocio de poder, mientras prevalezca la memoria generacional de AMLO y la consignación de sus aportes esenciales, como los beneficios -tan serviciales como electorales- de los programas del Bienestar (concebidos con el ADN de las mejores políticas sociales de los tiempos clásicos del PRI) y con que se asocia y se identifica en el grueso de la población de menores ingresos la llamada ‘Cuarta transformación’, cuyo legado suele sostener la propaganda de una gran mayoría de gobernantes y de dirigentes que de izquierdistas tienen lo mismo que Salinas Pliego, y de cuya izquierda doctrinaria de la escuela marxista de la Presidenta Sheinbaum y de Paco Taibo ll no tienen ni la más remota idea.

Porque no es cierto que domine y se imponga una identidad ideológica y militante. No hay ni siquiera una izquierda expriista de amplio espectro convencida de ese izquierdismo atado a los programas del Bienestar, y la de las convicciones marxistas de la Presidenta es apenas sectaria, discursiva y muy marginal y excepcional. Entre las dirigencias más decisivas del morenismo (las fácticas, como las de los Gobernadores y sus chalanes elegidos a dedo, por ejemplo, no las formales, como las de Luisa Alcalde y anexos partidistas cupulares) va quedando claro que la popularidad sobreviviente del obradorismo primigenio les conviene por ahora, pero que apenas empiece a declinar y a retraerse (con la ausencia y la caducidad inevitable de la presencia y la memoria del patriarca) y lo haga de manera cada vez más consistente, deberán considerar nuevos horizontes para el ejercicio de sus aspiraciones de poder y sus negocios políticos.

Y es en esa circunstancia en curso que las figuras más visibles del morenismo para las candidaturas a las posiciones de elección que vienen -y ya sin el imán de la idolatría macuspánica y su neoMaximato- empiezan a rodearse de toda suerte de seguidores y entusiastas colaboradores de toda -y a menudo muy cuestionable y deleznable- procedencia política y partidista, porque lo que advierten entre los opositores y los ‘aliados’ verdes y del proletariado petista no parece tener ningún futuro (ni inmediato ni mucho menos de largo plazo). Y más que convencer con ofertas representativas propias, pero congruentes y fincadas en su compromiso con la regeneración moral y la transformación verdadera -socialistas, claro está- de sus ámbitos y sus realidades de pertenencia, le apuestan más a la ganancia cuantitativa de sufragios y al valor de la marca ganadora de la casa que alienta la suma de esos votos, invocando no más que de dientes para fuera sus principios humanistas y el blablablá de la construcción del segundo piso de la ‘cuatroté’ y esas memorizadas consignas día a día más vanas y ayunas de  significado.

No hay un aparato sistémico de principios y ordenamientos y jerarquías progresistas convincentes, respetables y de reconocimiento masivo y supletorio, en el orden de la cultura política y ciudadana, de las influencias personalizadas de López Obrador. Y el partido así se disgrega en tantas formas de ser y de influir como gobernantes morenistas que lucran en su nombre, sin ser de izquierda -y a menudo, más bien, en la antípoda de la izquierda- ni pensar en la regeneración moral con más virtud que la del Alazán Tostado (el revolucionario potosino de la doctrina del árbol que da moras) o del delamadridismo de la renovación moral de la sociedad, cuyos grupos patrocinan candidatos a la medida de su particular obradorismo y hacen propaganda en sus respectivas Entidades y Municipios como izquierdistas consumados (Rocha Moya, Américo Villarreal, Pilar Ávila, Ramírez Bedolla y otros tantos que lo mismo podrían ser priistas o panistas o simples nepotistas, cual los guerrerenses y zacatecanos, y promotores de representantes verdes como Castro Cosío, de Baja California Sur, o Mara Lezama, también del clan del Niño Verde e impulsora vital de la campaña morenista del Senador del rojo puño cerrado del comunismo obrero, Eugenio el Gino Segura) y donde el Morena parece ser más una franquicia dividida en tantos partidos como jefes políticos defienden en su nombre sus particulares intereses, y donde a menudo en lugar de la prosperidad y la transformación histórica prometidas ocurre una regresión y una ingobernabilidad y una criminalidad empeoradas. (¿O es mejor, acaso, el tiempo quintanarroense del verdemorenismo gobernante y progresista de ahora que el de los regímenes anteriores?)

¿Se ven por algún lado los candidatos del ‘segundo piso’ de la ‘cuarta transformación’ capaces de cambiar el espectro ruinoso que habrán de dejar los gobernantes y representantes populares del obradorismo? ¿Hay memoria plausible de sus trayectorias, su integridad, su competencia pública, sus posiciones vanguardistas verdaderas y sus grandes obras al servicio del pueblo que tanto invocan? ¿Hay liderazgo republicano suficiente para institucionalizar su izquierdismo en la dimensión en la que Lázaro Cárdenas y socialistas sucesores institucionalizaron el del partido de la Revolución, del que emergieron los combativos izquierdistas fundadores del Partido de la Revolución Democrática y del que a su vez emanaron los presidenciales de la Regeneración Nacional? ¿Hay un debate integral, en el país y sus localidades regionales, de orden reformador, depurativo y generador de semilleros generacionales y de procesos transformadores de las políticas públicas concretas y de las realidades estructurales específicas de Entidades y municipalidades? ¿Lo hay en Quintana Roo y en torno de sus tragedias irremediables (urbanas, delincuenciales, ambientales, migratorias, etcétera?) ¿Algo más allá de las proclamas del corazón feminista, los pecados capitales del calderonismo y el neoliberalismo y esas hartantes letanías circulares?

¿Dónde?

Porque si de algo se valen los verdes de la industria del aliancismo y la hermandad partidista -capaces de arrinconar poderes presidenciales de todo signo y apenas con dos o tres blasfemias y amenazas de ruptura de compromisos políticos y parlamentarios del más alto interés patrio, como el de la reforma electoral hundida por sus decisivas pistolas-, si de algo se valen es de las ostensibles cuarteaduras de las fuerzas convocantes de la sociedad con ellos -sean de izquierda, de derecha o de la ralea ideológica que profesen y de la que digan ser-, sobre las que se fortalecen, se consolidan, preservan su rentabilidad y siguen creciendo en resistencia y autonomía dentro de un sistema democrático tan ostentoso como de mísera defensa de la verdadera voluntad popular y electoral.

Porque no hay nadie, absolutamente nadie, que sea capaz de igualar siquiera la capacidad de hacer negocios en el casino de la política rupestre nacional que el Niño Verde, sabio y depredador que es, apostando globos de veneno (despensas, bisutería alimentaria, espejitos y golosinas y repartos de dos o tres pesos entre el pobrerío de sus congregaciones electoreras y con cargo a la sangría presupuestaria del sistema de partidos) y alcanzando niveles de Gobierno y de control total de autoridades estatales y municipales a costa de esas debilidades y cuarteaduras de las fuerzas políticas convocantes de su sociedad con él y las que, al cabo, terminan cediendo mientras avanzan sus verdes y criminales divisiones sobre los puentes de la democracia mexicana.

SM

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