La barbarie del fin del mundo

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Signos

Protestar hoy contra las atrocidades cometidas por los bestiales poderes dominantes en la Edad Media o en la Edad de Piedra es, cuando menos, ridículo.

La barbarie es la barbarie en todas las eras, pero tiene sus modalidades de actualidad en cada periodo.

Las viejas injusticias tuvieron sus víctimas, sus victimarios, y sus luchadores -ganadores y perdedores: la dialéctica de la evolución es de procesos inconclusos y verdades relativas- en favor de mejores causas y condiciones de coexistencia y bienestar humanos.

Una conciencia crítica o no atávica podría salvarnos del primitivismo dogmático de observar el pasado lejano sin perspectiva y de asociarlo al presente no sólo como un proceso en curso sino, incluso, con dimensiones vindicativas (en el caso de los chiflados que creen, de veras, que hay quien debe y puede pagar por las villanías de los poderosos fantasmas ignotos) o, peor, de explotación propagandista del poder político, con cargo a la idolatría de los ilusos que se creen los cuentos chinos de una expoliación de los oprimidos de hoy acusada a los malditos linajes remotos y no a la desigualdad y a la apropiación oligárquica o sectaria de los Estados modernos (por más que esos Estados se sustenten en regímenes constitucionales e institucionales de derecho y de plena legitimación democrática -perfectos o fallidos que sean- dolosamente diseñados y perfeccionados al cabo, en sus avances legislativos, con esa estructura formal de defensa y expresión de la voluntad de las mayorías y al servicio del interés público general, pero defensores sobre todo y de facto, o de hecho, de las minorías privilegiadas y determinantes del estatus quo).

Una mejor vocación educativa y conceptual nos enseñaría ahora que la discriminación y la explotación no se dividen en razas, sexos, partidos, culturas, religiones o naciones, sino entre grupos y seres humanos; que unos negros pueden agraviar a otros, y a otros tantos blancos o viceversa, del mismo modo que ocurre entre los indígenas, los cristianos, los ateos, los homosexuales y los seres de una y otra pertenencia en este mundo, porque el espíritu sólo tiene dos identidades definidas desde el origen de los tiempos: la del bien y la del mal, la que construye y la que derruye, avitualladas cada cual por los recursos de la inteligencia y del conocimiento –o disminuidas, en su caso, por las atrofias de la torpeza y la ignorancia-, y donde el humanismo o el valor de humanidad de los unos constituyen la herejía que debe demoler la perfidia de los otros, y donde, dentro de unos pueblos, la corrupción y la codicia pueden ir mucho más allá de los límites regulatorios establecidos para contener los desbordamientos del caos y de las tendencias criminales instintivas y masivas, capaces de reducir un sistema institucional a la condición de Estado fallido.

Apelar a las infamias del pasado para explicar y resolver las del presente es, pues, una tontería que, defendida como causa de Estado, es de magnitudes universales pero no pasa de eso: una tontería superlativa.

El problema hoy día, en la modernidad postrera de la humanidad (del cambio climático irreversible y terminal), es convertir todo un Estado nacional en un territorio del Medievo, donde el dogma más regresivo y retardatario de todas las eras se asume como único modo de ser y de pensar, y donde la individualidad de los seres y la mínima idea propia diferente y manifiesta se convierte en un delito castigado acaso con la tortura extrema y con la muerte inapelable y de expiación divina.

Es cierto que el absolutismo islámico mutila y extirpa los derechos esenciales y la naturaleza humana más íntima y más innata y propia del individuo en medio mundo, y más en las extremas e inabarcables soledades a la intemperie de los nómadas mesopotámicos y de los desiertos de las inmediaciones africanas.

El problema mayor es que ni con todas las estrategias y recursos del ‘mundo civilizado’, los del concepto o de las armas más devastadoras del también enloquecido reino atómico, se ha podido ganar la partida a la prehistoria y al totalitarismo de la suprema reclusión del alma humana; y que el bastión tomado y blindado por el Talibán y convertido en patria ejemplar, victoriosa e invencible es fuente capital de la violencia menos redimible y de la peste más indomable y contagiosa del planeta: la del convencimiento cabal de que el salvajismo sangriento de someter y de sacrificar y de matar herejes en nombre de Dios eterniza, purifica y pone junto a él a sus mártires más fieles y devotos.

El paraíso silvestre del origen tiene ya una sede -en el territorio mismo de la antigua Persia y de todos sus contradictorios significados y cruciales rutas entre los mundos- concebida como un destino superior y con valor legal y resistente a todos los imperios mundiales de la guerra, para que nadie, nadie, se equivoque, y se termine de entender, por fin, que la palabra más antigua y primigenia del Creador es la única que cuenta, sin matices, sin parábolas interpretativas ni equivocaciones de la fe ni discrepancias ni disidencias de ningún género.

El principio de las cavernas es el signo nuclear más distintivo de las postrimerías de la cultura a que ha conducido la modernidad más inhumana, injusta, insensible e iletrada, o la del evangelio cibernético de la informatización totalizadora y el robotizado vanguardismo digital.

Amén…

SM

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