Progres y fachos: la dialéctica de la nada

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Signos

Demagogia es lo que media en el pulso entre progresismo y conservadurismo. Cumbres de satanizadores mutuos sin causas reales qué defender más allá de sus discursos en el ocaso de las utopías, las buenas intenciones y hasta de los buenos modos de ser.

El mundo se incendia al margen de sus demonizaciones.

La proyanqui venezolana, Corina Machado, celebrada con el bodrio del Nobel de la Paz, entrega su presea al libertador de su pueblo, Donald Trump -que la hizo a un lado para negociar conveniencias con el izquierdismo chavista-, para luego ser exaltada en España por sus iguales de la derecha fascista como heroína de las libertades de su amado pueblo.

En tanto, los progresistas renuncian a revisar los fracasos de los suyos que se expanden por Europa, Asia, África y Latinoamérica.

Y de nada sirven sus pronunciamientos bíblicos y sus idealismos proféticos frente a los conflictos del fin del mundo entre extremistas islámicos y sionistas amantes del exterminio, y donde no hay modo de ubicar en la conciencia ideológica segmentada y justiciera de izquierda a exsoviéticos y a comunistas chinos y vietnamitas, y menos al supremacismo dominante en la sociedad estadounidense, vanguardia del llamado ‘Mundo libre’, porque si algo es seguro es que su libertario Presidente no actúa al margen de las instituciones representativas del complejo entramado constitucional y defensoras de los intereses imperiales y colonialistas de las élites más poderosas del mundo entero, y cuyo descomunal aparato militar invencible y hegemónico no se mueve desde ese liderazgo presidencial, por procaz que sea y autónomo que parezca, si no es dentro de los márgenes de autoridad de su tricentenaria maquinaria democrática conservadora y urdida desde sus cimientos para preservar a toda costa -guerras y violencias segregacionistas, invasoras y genocidas de por medio y defendidas con la bandera de la libertad- el predominio de sus fundamentos patrimonialistas globales.

Altos contrastes separan, por lo demás, a unos y a otros progresistas, como el Presidente español Pedro Sánchez y el Presidente chileno saliente Gabriel Boric -cuya gestión ha fracasado en favor del neofascismo pinochetista imbatible-, quienes tanto se opusieron al progresismo venezolano de Nicolás Maduro y tanto dividieron opiniones con liderazgos de izquierda como el del brasileño Lula, el colombiano Petro y los mexicanos López Obrador y Claudia Sheinbaum respecto del chavismo y de las dictaduras socialistas de Cuba y Nicaragua.

Divisionismos y fracasos progresistas han determinado que en Latinoamérica el socialismo no sea un alternativa franca y duradera de desarrollo económico y de justicia social.

Que sí, que con sus próceres y sus mártires y sus luchas y causas épicas y utópicas y victoriosas han podido contener los desafueros oligárquicos más brutales y sanguinarios. Sí, pero también, al cabo, como los más exitosos, han derivado en aberraciones como las que combatían, cual castristas, sandinistas y milicianos frentistas salvadoreños. Por ejemplo.

Pero no. En lo general ese socialismo ha sido faccioso, anárquico y víctima de sus autoritarismos, sus intolerancias, sus fanatismos y su falta de autocrítica.

Se ha derrotado a sí mismo  como una alternativa frente a los bloques dominantes del poderío económico y político y como defensor institucionalizado de todas esas premisas y derechos del pueblo que nunca han trascendido como sus victorias contra el sectarismo golpista, las tiranías, los fascismos y las derechas gobernantes que en una nación y otra siguen ganando sufragios entre las mayorías clasemedieras y pobres porque las izquierdas -peruanas, ecuatorianas, bolivianas, argentinas y demás sudamericanas y centroamericanas- los siguen perdiendo, más por su corrupción y su incompetencia pública y de gestión del Estado que por las marrullerías de los opositores (indiscutibles y delictivas, pero propias de todas las guerras políticas, donde no hay bandos buenos y malos, sino unos perseguidores del poder mejores y peores, y donde a menudo los más oportunistas y siniestros activos pretenden lavar su imagen y sanar sus honras podridas en las pilas ideológicas que se defienden como las de los más íntegros y los más morales).

Arde el mundo. El socialismo cubano está más a merced que nunca de las cañoneras de Washington y de los mercenarios del exilio de Miami financiados por la CIA. Y el progresismo se debate entre el que respalda un totalitarismo revolucionario que se ha resistido a evolucionar para romper sus propias inercias, y el que lo condena sin reconocer los valores históricos fundacionales de la Revolución y los prodigios reales de sus conquistas y los méritos de su resistencia soberana.

(Porque ese socialismo se ha derogado más por su equívoco empecinamiento ideológico y represivo; por su incapacidad absoluta y su renuncia a la renovación de su modelo de Estado para superar su sistema económico y fiscal y dejar de atenerse al bloqueo -cierto y criminal- como recurso de propaganda y justificación de todos los males. Es más derrotado por esas insolvencias castristas que por el bloqueo estadounidense; es decir, menos por este último que por la impotencia gobernante de un proyecto económico y fiscal posible y efectivo para trascenderlo, con tanto recurso humano profesionalizado que ha formado y ha tenido para hacerlo, pero al que no ha sabido estimular y ha preferido que se vaya del país para no perder la divisa identitaria de la ideología de la igualdad, cueste lo que cueste y pagada con salarios de hambre.)

Y Pedro Sánchez sólo arenga que el derechismo y el ultraderechismo y el fascismo en el mundo están condenados frente a la fuerza ascendente y justiciera y a la unidad indivisible de los progresistas.

Y Claudia Sheinbaum insiste en el mamarracho demagogo de su mentor para que la Corona española se disculpe y pida un perdón de Estado a los indígenas puros de lo que hoy es México -después de tres siglos de Colonia y dos de vida independiente- por los atropellos de la Conquista española que derivaron en las herencias coloniales, las tradiciones, la raza y la cultura de lo que, para bien o para mal, hoy es el país, el de cuyos males el progresismo mexicano, con la heredera de López Obrador por delante, acusa a Calderón, al neoliberalismo y a la Madre Patria, además de que en la cumbre reciente de esos progresistas en España ha pedido, como una de las soluciones estratégicas frente al ocaso planetario, que los recursos que se invierten en las guerras se destinen a sembrar arbolitos en las zonas del mundo más dañadas por la depredación ambiental.

SM

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