El vecino

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Signos

“Es por demás”, dijo el vecino. “Tenemos una conciencia ciudadana y electora muy menesterosa. Cualquier bandido político la compra con tres cacahuates. Y entre las dádivas del Bienestar y las migajas que reparten los verdes como representantes de la moral de los morenos guindas, no hay modo de que la mínima propuesta representativa de valor tenga alguna posibilidad de prosperar. Y no hay más remedio que acordarse de los viejos tiempos. Al mayor poder político no se le podían plantar exigencias inmerecidas, y menos si se tenían antecedentes o versiones de ilegalidades ciertas o cuestionables o mínimamente creíbles que se pudieran usar en contra del exigente demandante. Se le aplastaba como un bicho maligno. Todo podía negociarse. Pero quien imponía las conveniencias, para su causa o la de su investidura o la de sus representados, era quien tenía el poder superior, que era inapelable; y si había delito qué perseguir, en efecto, contra el desobediente y potencial adversario, y por mayor o menor que fuera el tamaño probable de las implicaciones, este no tenía más remedio que elegir entre la espada y la pared. Y entre que la ley valía más o valía menos, dependía de la buena voluntad y el buen criterio, o de lo relativo o malo de los mismos, que a las mayorías populares les fuera bien o no con esos liderazgos, porque no había modo de esperar que la democracia y sus virtudes institucionales dependientes de la escasa civilidad hicieran el trabajo necesario en bien de la justicia, los derechos ciudadanos, la convivencia pacífica, el desarrollo y esas cosas posibles en una sociedad moderna y con niveles de escolaridad y de conciencia enemigos del descontrol de la ingobernabilidad, la violencia y la corrupción.

Si un líder, por corrupto que fuera, demandaba más poder a cambio de sus corruptas contribuciones pero aceptaba las condiciones del jefe político superior, les iría bien a él y a su grupo delictivo; y si se trataba de un insubordinado que rompiera las reglas del juego y enfrentara a ese poder superior, bastarían los indicios de la corrupción o la conducta ilícita que se le imputara para que aparecieran aquí y allá los rastros y las pruebas irrefutables de sus crímenes y negocios sucios y contrarios al Estado de derecho y a todo régimen constitucional defensor de los intereses superiores del pueblo y en nombre de los cuales y del respeto a la norma que nos rige y a la que debemos someternos todos sin excepciones, el jefe de jefes de la política, cual el Presidente o el Gobernador, haría refundir al osado enemigo en una cárcel, o lo perseguiría con todos los arsenales mediáticos disponibles de la condena pública para que se arrepintiera de su pecado extremo de atentar contra él o contra Dios, que al cabo sería lo mismo. Porque de los modos y las intenciones de entender y asumir el poder dependía todo lo que las fuerzas y valores culturales e institucionales en una democracia iletrada y sin mayores aptitudes ciudadanas para evolucionar eran incapaces de resolver. De modo que un malandro como el Niño Verde, procedente del invento salinista de un partido cualquiera -en su caso de una familia de farmacéuticos, como la del hermano del Doctor Simi- que no debía servir sino para joder a la entonces izquierda expriista de los expulsados del tricolor convertido al neoliberalismo en los ochenta, bien podría pedir posiciones de poder al jefe presidencial a cambio de sus aportaciones al mayoriteo parlamentario o a los intereses que fueran menester para el oficialismo, pero ni en sus sueños más húmedos y demenciales, exigirlas. Un jefe máximo de aquellos tiempos de la ‘dictadura perfecta’ ni siquiera hubiese perdido el tiempo en recibirlo para atender sus tan oníricos reclamos. Algún funcionario de medio pelo de Gobernación o de la Procuraduría General de la República lo hubiera llamado y le hubiera puesto a la vista no más que un par de testimonios visuales o documentos incriminatorios de sus parrandas drogadictas y homicidas o de los incontables negocios ilegales propios o de los gobernantes y empleados políticos a su servicio o de sus socios criminales más punibles y penalmente procesables o no… y ni siquiera eso: con apenas un discreto y elocuente fólder en la mano sólo le hubiera espetado: ‘Ni te atrevas. No pierdas la enorme oportunidad de seguir lucrando con lo que tienes y confórmate con eso’. Que pusiera, no más, a la gente o los votos que le pidieran según las mayorías o los porcentajes que se necesitaran para la aprobación de las reformas que fuesen, y que no se opusiera a ninguno de los candidatos ganadores de la voluntad del jefe. ‘Y que sea la última vez que se te ocurre que vales más que los que mandan, pendejo’.

Y ese pendejo ya está pensando en con quién va a sustituir a la Presidenta y en ser él mismo como aquel jefe máximo que hacía Presidentes a los más serviles de sus escuderos, el del viejo Maximato posrevolucionario, o de menos asociarse con quien pueda garantizarle, luego de la Presidenta de la Regeneración Nacional, cuando menos los privilegios y la impunidad criminal que ella le brinda ahora. Lo de menos es si sigue siendo de su mismo partido de la moral. Porque si tiene que asociarse con Ricardo Salinas Pliego lo haría igual. Porque el caso es seguir siendo el ‘rey del cash’, gracias a la democracia y el electorado mexicanos.”

Ah, qué vecino.

SM

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